Apuntes para una discusión en torno al análisis del discurso

Apuntes para una discusión en torno al análisis del discurso.[1]

Tomo la posición tan prudente de calificar de “apuntes”, e incluso aceptar que el objeto es lograr discutir no sobre, sino alrededor de la cuestión del análisis del discurso es muy consciente. No me atrevería a bocetar unos apuntes para una definición, ni para hablar de una teoría del análisis del discurso.

Me pregunto entonces si el análisis del discurso es un campo[2]. Esto hace referencia a que el análisis del discurso pueda ser algo más que una serie de recursos teóricos o metodológicos. La idea del análisis del discurso como campo se orienta a ver el discurso como algo con una especificidad propia. El discurso como parte de lo social. Y como parte no tanto como un elemento, sino como dimensión del mismo fenómeno de lo social.

Al mismo tiempo que hacemos ese reconocimiento del análisis del discurso, cuando queremos empezar a dar cuenta de ese fenómeno, que debería ser abordado de acuerdo a sus especificidades o características más particulares, y donde tenemos que lidiar con las herramientas concretas para operar y realizar el análisis de ese fenómeno discursivo, encontramos que el análisis del discurso es también “teorías” y “enfoques metodológicos”.

Esto significa que no se desprende tan naturalmente como cada disciplina específica –como pueden ser la ciencia o filosofía política- aborda estas cuestiones. Cada disciplina también se ha interrogado sobre estas cuestiones de distintas maneras y con mayor o menor intensidad.

El análisis del discurso es un campo –y ya diciendo sin rodeos lo que se insinuaba con “teorías” y “enfoques metodológicos”- y una disciplina muy reciente. El término aparece por primera vez en 1952 un artículo titulado “Análisis del Discurso” publicado por un lingüista norteamericano llamado Zellig Harris[3]. Básicamente lo que proponía Zellig con su noción de análisis del discurso era sucesiones de cadenas formadas por oraciones.

A simple vista aparecen categorías que no son familiares a los especialistas en disciplinas sociales más apegadas a la ciencia política, aunque deductivamente se tenga alguna idea de a que se refiere esta noción.

Lo que aquí es inevitable es admitir el peso hegemónico que tienen las ciencias del lenguaje sobre el análisis del discurso. Las ciencias del lenguaje son de primera mano un ámbito muy afín para el análisis del discurso. Es necesario aclara que de estas es que surge el análisis del discurso como campo y disciplina.

También es cierto que el análisis del discurso se ha desarrollado muy intensamente, por distintas vías y nutriéndose de muchas otras disciplinas en este tan corto período.

Dicho esto –a manera de introducción muy sucinta- podríamos empezar a delinear distintas “entradas” a esta cuestión. Esto se debe la dificultad que presenta el análisis del discurso al no presentar un cuerpo homogéneo de teorías y tradiciones.

Por esta misma razón, y teniendo muy en cuenta el punto de entrada que motiva esta misma reflexión –Laclau, Mouffe, Zizek y otros- propongo aquí un esquema de rompecabezas, en el cual presentamos las piezas para luego, en la medida que encontremos que sus bordes límites y contornos concuerden, y que también esta articulación nos permita contemplar una “figura” que justifique estas uniones.

De esta manera, no tanto en un orden cronológico, o siguiendo el orden canónico de los índices de manuales y diccionarios de análisis de ciencias del lenguaje, presento –como dije en un principio- elementos, “apuntes”, para una discusión en torno al análisis del discurso.

Si tuviera entonces que diagramar un nuevo índice o agenda de cuestiones, en un orden –no de importancia o cronología como de decisión (a lo Schmmit si se quiere) motivada por la necesidad de empezar por algún lado, comenzaría por (1) rastrear los intentos de nuestra disciplina –la reflexión política- de problematizar esta cuestión. En segundo lugar el (2) descubrimiento de la lingüística moderna, el estructuralismo en el lenguaje y la oposición lengua / habla. En tercer lugar (3) los actos de habla, la performatividad en el lenguaje, la filosofía analítica del lenguaje, la pragmática. (4) El análisis del discurso, la enunciación –escuela francesa-, la lingüística crítica –escuela anglosajona-, métodos de análisis. Por último trataría (5) posestructuralismo, deconstrucción, la cuestión de la escritura, el archivo (Foucault), las palabras y las cosas.

 

La cuestión del lenguaje en la teoría política.

 

Aunque nunca con una centralidad abrumadora, la cuestión del lenguaje aprece en la teoría política. Esto lo podemos ver en algunas obras que conforman el cuerpo central de la tradición de pensamiento político.

En el caso del Leviathan de Hobbes se dedica un capítulo al lenguaje. En sus reflexiones sobre el lenguaje este filósofo presta mucha atención a la escritura, su relación al pensamiento –y otros aspectos mentales[4] como la reflexión y la meditación-, la posibilidad del establecimiento sistemas de categorías para la constitución de los conceptos y sus universos.

 

“Pero la más noble y provechosa invención de todas la del lenguaje que se basa en nombres o apelaciones, y en las conexiones de ellos. Por medio de esos elementos los hombres registran sus pensamientos, los recuerdan cuando han pasado, y los enuncian uno a otro para mutua utilidad y conversación. Sin él no hubiera existido entre los hombres ni gobierno ni sociedad, ni contrato ni paz, ni más que lo existente entre los leones, osos y lobos.”[5]

 

Según esta perspectiva, el lenguaje, y a pesar de su naturaleza mentalista, constituye la base de la posibilidad del establecimiento de la misma sociedad. La importancia que da Hobbes al lenguaje es opacada por la centralidad de la categoría “contrato social”, clave bajo la que es leída canónicamente su obra. El lenguaje, en este sentido sería un elemento constituyente de este mismo contrato. Aún así, la relevancia del lenguaje para las corrientes teóricas establecidas a partir del Leviathan, se podría decir, es marginal.

Un punto de contacto más contemporáneo entre el discurso y la teoría política se puede encontrar en la escuela de Frankfurt, en autores como T. Adorno, W. Benjamin, M. Horkheimer, H. Marcurse, e incluso, aunque enmarcado en otra corriente, J. Habermas.

En el caso de Adorno y Benjamin, aunque la referencia no sea explícita, es legítimo asumir el aporte de estos pensadores –desde la filosofía, del arte y de la teoría de los medios- para el estudio del discurso, especialmente en relación a la política.

En este sentido podemos sugerir que el pensamiento de Benjamin nos permite pensar un discurso, que tiene efectos políticos, y en particular revolucionarios. Lo novedoso de esta posición es que el discurso no está restringido a lo meramente lingüístico pudiendo adquirir formas más diversas que el de la palabra y la escritura. El arte, las condiciones de reproductividad de la obra de arte, los medios masivos de comunicación, entre otros fenómenos pueden tener un considerable impacto en las formas del discurso. En tal caso podríamos aquí incorporar la noción de “dispositivo” (tecnológico si se quiere) que permitirá nuevas formas discursivas. Pero por sobre todas estas cuestiones esta corriente enfatiza la idea del impacto político del discurso en todas sus formas.

 

“Una de las funciones revolucionarias del cine consistirá en hacer que se reconozca que la utilización científica de la fotografía y su utilización artística son idénticas. (…) Pareciera que nuestros bares, nuestras oficinas, nuestras viviendas amuebladas, nuestras estaciones y fábricas nos aprisionaban sin esperanza. Entonces vino el cine y con la sinamita de sus décimas de segundo hizo saltar ese mundo carcelario[6]”.

 

Esta perspectiva nos plantearía que el discurso no queda restringido exclusivamente a una forma lingüística y a pesar de esto, las nuevas manifestaciones del discurso –determinadas por sus condiciones de reproductividad técnica- podrían ser compatibles con los usos o finalidades de los discursos convencionales en tanto manifestaciones lingüísticas.

La imagen aparecería entonces como una nueva fuente de discurso. El discurso de la imagen o la imagen del discurso adquiere una nueva dinámica en el funcionamiento de la sociedad capitalista desarrollada. En especial cabe remarcar dentro de esta nueva dinámica, nuevos efectos, que claramente pueden ser políticos, cuando no revolucionarios. Un efecto singularmente interesante de la imagen es el de la iluminación profana.

 

“También lo colectivo es corpóreo. Y la physis, que se organiza en la técnica, sólo se genera según su realidad política y objetiva en el ámbito de imágenes del que la iluminación profana hace nuestra casa. Cuando cuerpo e imagen se interepenetran tan hondamente, que toda tensión revolucionario se hace excitación corporal colectiva y todas las excitaciones corporales de lo colectivo se hacen descarga revolucionaria (…)[7]”.

 

Por su lado Horkheimer y Adorno no presentaban un punto de vista tan optimista, ya que estas nuevas formas del arte eran meras formas, sujetas a las condiciones de producción capitalista y a su misma lógica. Estas nuevas manifestaciones más que brindar la posibilidad de una ruptura revolucionaria debían permitir la continuación del desarrollo del sistema capitalista. Incluso para estos pensadores estas nuevas formas del discurso no presentan ninguna relación específica con el contenido. Estas formas revolucionarias –en tanto innovadoras- son solo formas independientes de cualquier contenido. Esto resultaba un tema especialmente preocupante en la Alemania de entre guerras.

 

“La civilización actual concede a todo un aire de semejanza. Film, radio y semanarios constituyen un sistema. Cada sector está armonizado en sí y todos entre ellos. Las manifestaciones estéticas, incluso de los opositores políticos, celebran del mismo modo el elogio del ritmo de acero.”[8]

 

En el caso de H. Marcuse, plantea un análisis crítico de los mecanismos –que pueden ser considerados discursivos e ideológicos- por los cuales la Gran Sociedad, la sociedad de la opulencia, y la libertad[9], logra imponer su lógica unidimensional, de la infinita expansión capitalista. Específicamente en el “hombre unidimensional”, Marcuse dedica un capítulo al cierre del universo del discurso. En este capítulo Marcuse plantea la sutura que consigue el discurso de la democracia norteamericana. A través de los mass-media se establece un discurso totalizante que soslaya la posibilidad de pensar en términos que no estén concebidos en ese universal. Esto restringe la acción política dentro de un rango acotado por este discurso, que posibilita el funcionamiento de un sistema de crecimiento insostenible, impulsado por la perpetuación de la escasez[10]. El discurso de la administración pública –“el lenguaje de la administración total”- logra librar al lenguaje de propiedades cognitivas, intentando desprender del mismo lenguaje la posibilidad de expresar necesidades humanas básicas. La noción de unidimencionalidad aquí se podría entender como contraria a dialéctica. La unidimensionalidad no permitiría incluir uno de los momentos del diálogo, haciendo que en consecuencia el discurso circule en una sola dirección.

 

“El lenguaje creado por ellos aboga por la identificación y unificación, por la promoción sistemática del pensamiento y la acción positiva, por el ataque concretado contra las tradicionales nociones trascendentales. Dentro de las formas dominantes del lenguaje, se advierte el contraste entre las formas de pensamiento “bidimensionales”, dialécticas, y la conducta tecnológica o los “hábitos de pensamiento sociales”.[11]

 

Dejando de lado las discusiones de la escuela de Frankfurt realizadas en los ‘30s en Alemania y en los ‘50s en Estados Unidos como el caso de Marcuse y pasando a la Francia de los años ‘60s, la “era estructuralista” examinemos brevemente el aporte marxista de Althusser a la teoría política en torno al discurso.

Althusser esboza en su teoría sobre la ideología y aparatos ideológicos del Estado, notas y apuntes sobre lo que podría ser considerado una teoría del discurso. En este caso Althusser utiliza las distinciones estructura/superestructura de Marx y público/privado de Gramsci, para presentar en relación a ellas las nociones de ilusión/alusión que constituirían a la ideología. Esta noción de Ideología presentaría algunas semejanzas con el signo lingüístico de F. de Saussure. A partir de que “la ideología es una “representación” de la relación imaginaria entre los individuos y sus condiciones reales de existencia[12] presenta dos tesis. La primera, la ideología representa la relación imaginaria entre los individuos y sus condiciones reales de existencia. Esto significa que la representación imaginaria de nuestras condiciones reales de existencia hace posible el funcionamiento del Estado. La ideología generaría una representación imaginaria necesariamente distorsionada de las condiciones reales de existencia.

 

“En la ideología no está, por tanto, representado el sistema de relaciones reales que gobierna la existencia de los individuos, sino la relación imaginaria de estos individuos con las relaciones reales en que viven”[13]

 

La segunda tesis es que la ideología tiene existencia material. Esto implica que estas representaciones imaginarias se encuentran ligadas a las experiencias de sujetos reales en el mundo. Por esta razón la ideología necesita manifestaciones materiales de su existencia. La existencia real de la ideología se manifiesta a través de prácticas, que dan cuenta de la materialidad del discurso. Uno de los ejemplos que presenta Althusser es el de la religión. Damos cuenta de la fe, la creencia, ideología mediante prácticas, como es ir a la iglesia, asistir a misa, confesarse, realizar señales religiosas como persignarse, etc. Con esto concluye en que no hay práctica sino en y por una ideología. No hay ideología sino por y para sujetos.

Una conclusión sintética de estas dos tesis es que la ideología interpela a los individuos en cuanto sujetos.

Desde una perspectiva completamente diferente, una teoría de la acción como la de H. Arendt encontramos que la palabra es un elemento de peso en la cuestión de la acción. Esta cuestión del lenguaje, la palabra y el discurso aparecen como una condición necesaria para “mostrarse” en lo que es la pluralidad y como forma de distinguirse. Es así que el discurso es una de las formas en las que el individuo se distingue, generando ese espacio de la diferencia que propicia la acción, que en ultima instancia es política.

En Arendt no hay una concepción metafísica o idealista del lenguaje, por el contrario parecería que su posición en este aspecto está vinculada con influencias del existencialismo alemán, en donde el ser se manifiesta por medio de su existencia. En este sentida parecería que el lenguaje tendría una entidad real estrechamente vinculada al ser. En esta –no demasiada prudente- afirmación intentamos dar cuenta de cómo el lenguaje, según Arendt, brinda la oportunidad de ser parte del mundo humano. Esto es, el lenguaje, más que un mero medio de comunicación es algo que nos dota de un atributo necesario para alcanzar la condición humana.

 

“Con palabra y acto nos insertamos en el mundo humano y esta inserción es como un segundo nacimiento, en el que confirmamos y asumimos el hecho desnudo de nuestra original apariencia física.”[14]

 

Más allá de cómo la palabra acompaña la existencia física del hombre, plantea que el lenguaje hace posible la pluralidad, condición necesaria para la existencia humana, de su actividad, de la acción y la política.

El lenguaje o el discurso es también lo que brinda identidad. Es el discurso es lo que permite distinguir e identificar la singularidad que permitirá este desajuste que brinda el espacio para la acción y la política. Pero nuevamente, sin desatender esto, debemos reconocer la distancia de esta posturas respecto de otras, como pueden ser la que mencionamos anteriormente donde el lenguaje o el discurso operan en una estructura significante. Claramente este no es el caso de Harendt. El discurso es un atributo del ser para existir, diferenciarse de los demás y en consecuencia poder actuar y ligarse con otros en una relación indiscutiblemente política.

 

“Mediante la acción y el discurso, los hombres muestras quiénes son, revelan activamente su única y personal identidad y hacen su aparición en el mundo humano, mientras que su identidad física se presenta bajo la forma única del cuerpo y el sonido de la voz”[15]

 

Vemos que a pesar de que distintos pensadores que han reflexionado sobre la política cuestionándose sobre el problema del discurso no necesariamente han seguido las mismas líneas o compartido las mismas tradiciones. Incluso y a pesar que el recorrido que aquí presentamos presenta ciertos distanciamientos nacionales, temporales e ideológicos, encontramos incluso discrepancias en puntos de vista que a priori parecerían ser más convergentes.

En tal sentido y contemporáneo de L. Althusser lo podríamos mencionar a M. Foucault. Ciertamente hablaremos de Focault más en detalle en otro punto, aquí podríamos adelantar apresuradamente algunas cosas.

En la dirección de la noción de sujeto y crítica a la estructura o post-estructuralismo encontramos posturas influyentes –si no al menos sugerentes- para la teoría política y social. En favor de la noción de sujeto, en la arqueología del saber, plantea:

 

“Así es como ha tratado usted de reducir las diferencias propias del discurso, para pasar por alto su irregularidad específica, disimular lo que en él puede haber de iniciativa y de libertad, compensar el desequilibrio que instaura en la lengua: ha querido usted cerrar esa abertura. A la manera de cierta forma de lingüística, ha intentado usted prescindir del sujeto parlante; ha creído usted que se podía limpiar el discurso de todas sus referencias antropológicas, y tratarlo como si jamás hubiese sido formulado por nadie, como si no hubiera nacido en unas circunstancias particulares, como si no estuviera atravesado por unas representaciones, como si no se dirigiera a nadie”.[16]

 

Intentar dilucidar la noción de discurso en la obra de Foucault implicaría una extensa discusión que podría consumir con facilidad mucho espacio.

Es difícil –y esto lo plantea el mismo Foucault- establecer puntos de inflexión, lugares donde se generen irregularidades y nuevos comienzos. Pero sin duda la aparición de Foucault –como así también algunos de sus contemporáneos como J. Derrida y G. Deleuze (y hasta F. Guattari)- puede presentar un punto de ruptura y al mismo tiempo un punto de encuentro. La ruptura es con respecto al estructuralismo, teoría dominante respecto al abordaje del lenguaje. El punto de encuentro –podría ser- con el pensamiento político, por no decir la teoría política.

Es difícil mencionar esto sin poder detenernos con más precisión en cada de las cuestiones aquí presentadas. Más aún lo es hacerlo con una de nuestras principales entradas a esta discusión como E. Laclau. Es por eso, que para nomonopolizar aquí las implicancias de la teoría discurso y la hegemonía.

Dentro de esta ruptura y más contemporáneamente podríamos mencionar la obra de E. Laclau y Ch. Mouffe, Hegemonía y estrategia socialista, donde se presentó una teoría sobre la hegemonía basada en el discurso, e influenciada por varias concepciones del lenguaje de pensadores como Heidegger, Wittgenstein y Derrida. Los principios en los que se fundamentaba esta teoría es que todo objeto se constituye como objeto de discurso. Independientemente de la externalidad del objeto respecto del pensamiento, este objeto se constituye para el sujeto como un objeto discursivo. El lenguaje no se puede circunscribir al pensamiento. El discurso es material. La estructura lingüística requiere un soporte material. El límite entre lo material y lo discursivo no resulta ya tan claro. Lo material es discurso y el discurso es material. El discurso no es una simple forma y sus efectos se imponen con toda la materialidad que implica la hegemonía. La teoría de los juegos del lenguaje permite dar cuenta a estos autores como el discurso tiene efectos o poder sobre la materialidad. Estos juegos del lenguaje hacen posible una serie de interacciones en el campo de la existencia concreta generando consecuencias  materiales. De aquí que de procesos discursivos se puedan generar materialidad. Wittgenstein mismo diría que lo que existe es solo aquello que puede ser dicho, y que las condiciones de existencia de los objetos en el mundo es determinada por los juegos del lenguaje, o por lo que puede ser dicho de ellos.

En definitiva el planteo de Laclau y Mouffe propone abandona la dicotomía discursivo extra-discursivo.

Lo novedoso en esta teoría es que la lucha hegemónica en torno a conflictos reales en el campo de la producción –y de la política- es en definitiva discursiva. La hegemonía sería la capacidad de establecer el discurso dominante que permitirá legitimar las relaciones de dominación que se dan en el seno de una sociedad.

En 1990, Nuevas reflexiones sobre las revoluciones de nuestro tiempo presentó, dos aportes fundamentales para la teoría del discurso. La primera, la imposibilidad de la sociedad.

 

“Lo ideológico no consistiría en aquellas formas discursivas a través de las cuales la sociedad trata de instituirse a sí misma sobre la base del cierre, de la fijación del sentido, del no reconocimiento del juego infinito de las diferencias. Lo ideológico sería la voluntad de “totalidad” de todo discurso totalizante. Y en la medida en que lo social es imposible sin una cierta fijación de sentido, sin el discurso del cierre, lo ideológico deber ser visto como es objeto constitutivo de lo social. Lo social existe como el vano intento de instituir ese objeto imposible: la sociedad.”[17]

 

El segundo aporte significativo es la aparición del artículo Más allá del análisis del discurso, de S. Žižek, que introduce la noción real de la teoría psicoanalítica de Lacan. Esto implicaría un giro considerable en los desarrollos teóricos de esta corriente. Según esta postura existe algo que trasciende al discurso, lo real. Sin embargo, lo real se presenta como la imposibilidad del discurso.

 

“Debemos, por lo tanto, distinguir la experiencia del antagonismo en su forma radical, como el límite de lo social, como la posibilidad alrededor de la cual se estructura el campo social, del antagonismo como relación entre posiciones de sujeto antagónicas: en términos lacanianos, debemos distinguir en tanto real de la realidad social de la lucha antagónica.”[18]

 

En este breve resumen pudimos apreciar algunas cuestiones fundamentales de las relaciones entre discurso y política, desde algunas corrientes de la teoría política. Podríamos considerar que algunos de los elementos que hemos presentado aquí pueden servir como aportes para una teoría del discurso político.

Más allá de todas estas cuestiones, el discurso político posee una especificidad lingüística que no podemos ignorar. Lo hasta aquí presentado puede seguir siendo un aspecto inherente al componente específicamente lingüístico del discurso. El interrogante entonces sería de que manera la especificidad lingüística operaría sobre el aspecto material o pragmático del discurso en los términos que hemos desarrollado hasta este punto.

Estas consideraciones sirven para poder realizar una distinción más rica sobre el discurso político. En este sentido, el discurso político no sería tan solo un discurso diferenciado de los demás discursos por simple oposición, ni tampoco definible por su contenido. El discurso político estaría íntimamente ligado al poder. Una distinción que no ha quedado clara a lo largo de este desarrollo es si el discurso político está circunscripto al Estado. Está claro que el discurso del Estado es discurso político. Pero queda por aclarar si existe discurso político fuera de este. Refiriéndonos nuevamente a Althusser –y también a Gramsci- vale la pregunta si es real esta distinción entre lo público y lo privado. Pero esto desataría preguntas como si una conversación entre madre e hija es discurso político, o si una poesía es también discurso político.

Aunque ninguno de estos casos puede ser considerado discurso político está claro que en estos casos puede estar en juego una relación de poder. De manera que a pesar de que el poder es un rasgo distintivo del discurso político, éste no se encuentra exclusivamente en el discurso político. Aunque el poder se pueda poner en juego en un sinnúmero de discursos, y que el poder se da en relación a un objeto específico –poder sobre el paciente, poder sobre los hijos, poder sobre el saber- la política y el Estado presentan una condensación de poder más intensa que en los demás campos, que por demás, están establecidos a partir de esta relación originaria.

Pero el poder en sí mismo es un elemento estanco y la palabra es la sustancia de la política. Sólo a través del lenguaje, específicamente del discurso, se puede establecer el poder.

En conclusión hemos visto aquí algunos puntos de vista respecto a las concepciones que ha tenido la teoría política respecto al discurso. Vimos que a pesar de ser un elemento presente en muchas de estas reflexiones nunca esta cuestión había abarcado una dimensión tan trascendente como la que adquirido con pensadores contemporáneos como E. Laclau y E. Zizek. Esto significa que se ha abierto una nueva “veta” en la reflexión sobre el papel que juega el discurso en la política.

En todos los casos aquí revisados encontramos cierto acuerdo respecto de la importancia del lenguaje para establecer una sociedad política. Incluso el mismo Hobbes lo admite como un elemento indispensable para alcanzar el acuerdo del contrato social.

Los pensadores de la escuela de Frankfurt señalaron que el discurso no necesariamente responde a una forma específicamente lingüística, sino que distintos soportes tecnológicos permiten sofisticar las formas del discurso. Las condiciones de producción entonces serían un factor fundamental en brindar soportes tecnológicos para producir y reproducir discurso de nuevas maneras y con otros alcances.

Por un lado encontramos cierta tensión entre las posiciones fundamentalmente de Adorno y Benjamin en tanto que éste último es profundamente optimista respecto a los alcances revolucionarios de estas nuevas formas. En el caso de Adorno vemos que su posición no le atribuye ningún valor específico a los medios en tanto que pueden servir indistintamente a varias finalidades. Esto visto claramente a la luz de los acontecimientos que se vivían en la Alemania de su época.

Vimos también la posición de Marcuse que plantea que el discurso, u cerramiento o unidimensionalidad es un mecanismo de sugesión política, que al acotar las posibilidades del lenguaje acota así las posibilidades reales de expresar cosas por fuera de esa nueva realidad discursiva impuesta desde la maquinaria burocrática del Estado.

En Arendt vimos como la palabra tiene una entidad “corpórea” que cuenta como manifestación de el hombre en tanto ser real en un entorno físico brindado por la naturaleza. Esta es distinción es valiosa porque a la vista de muchas otras posiciones aquí revisadas, el lenguaje en Arendt está plenamente ligado a la “materialidad”. En otras palabras, el lenguaje en Arendt es considerado como un recurso concreto, como las herramientas más fundamentales para trabajar (“laboriar”) el campo. Esto es, el lenguaje para esta pensadora no es algo que opera en el campo de lo simbólico ni que obedece a estructuras significantes.

Si se quiere –y nuevamente, no sin causar al menos algo de controversia- encontramos  posiciones como la de Althusser que reconocen la materialidad del discurso, o al menos reconoce la necesidad del discurso de manifestarse concreta y materialemente, al mismo tiempo que suscribe al estructuralismo, lo que implica reconocer una superestructura significante. El problema, y esto lo crítica el mismo Laclau, esta superestructura significane, en Althusser es determinada, en última instancia por la estructura o las relaciones objetivas de producción.

 

El descubrimiento moderno de la lingüística: El estructuralismo.

 

Hablar del descubrimiento de F. De Saussure implica afrontar algunas dificultades. En primer lugar y a pesar de lo sucinto de su obra culmine, la cuál ni siquiera fue redactada por él, nos referimos a un descubrimiento revolucionario no tanto por su contenido sino como por su efecto. El pensamiento de Saussure cambió rotundamente la manera de ver el lenguaje.

Lo que al menos podemos hacer aquí es delinear algunas distinciones básicas del punto de vista que brinda el estructuralismo respecto del lenguaje.

 A forma de introducción cabe decir que el “Curso de lingüística general” de Sausure establece una ruptura radical respecto a como era y sería abordado en adelante la cuestión del lenguaje. Se puede decir con toda libertad que F. De Saussure es el fundador de la lingüística moderna y el iniciador del estructuralismo, que tendría un enorme alcance en las ciencias humanas –como la antropología y el psicoanálisis- durante el siglo XX.

Uno de los principales aportes del estructuralismo para el estudio del lenguaje es ver al mismo como una estructura o sistema cerrado o completo que funciona a partir de un juego de diferencias a su interior. Un signo se diferencia del cualquier otro en términos de oposición. Esto es, un signo significa algo porque no significa ninguna otra cosa.

De esta manera podemos ver al lenguaje como este sistema de diferencias que funciona a partir de las oposiciones.

Para entender bien este sistema es necesario que tengamos presentes ciertos elementos básicos que hacen posible el funcionamiento de este esquema.

En primer lugar la unidad de la que parte este sistema es el signo lingüístico. He aquí un elemento que demuestra cierta lucidez respecto a este enfoque sobre el lenguaje.

El signo lingüístico es una unidad que se descompone en dos elementos, el significante y el significado.

El significante es “la imagen fónica” y el significado es el concepto que se liga a ésta. En este sentido las palabras del mismo Saussure puedan brindar algo más de claridad al tema.

 

El signo lingüístico une no una cosa y um nombre, sino un concepto y una imagen acústica. (…) El signo lingüístico es por tanto una entidad psíquica de dos caras que puede ser representada por la figura: Estos dos elementos están íntimamente unidos y se requieren recíprocamente.[19]

 

Está claro que la unidad del lenguaje, el signo lingüístico es una entidad bifronte que liga dos cosas, el elemento de la sustancia fónica –aunque en términos rigurosos no podríamos decir aquí que esto sea la palabra, pero este ejemplo nos permitirá salir del paso- con el concepto al que se refiere.

 H

Casa

 

En el caso del curso de lingüística general los ejemplos gráficos de esto prestan a una mejor comprensión de esto.

concepto

imagen

acústica

 

 

 

 

 

 

Este esquema nos permite ver como opera esta unidad que es el signo lingüístico. El signo lingüístico es el resultado de la operatoria por medio de la cuál se vincula una imagen acústica o significante con un concepto o significado.

Esta es la unidad que dinamiza el funcionamiento del sistema del lenguaje. Esto significa que las diferencias que se dan dentro de la estructura se articulan a partir de esta unidad. Esto quiere decir que la imagen acústica o significante “casa” significa “aquella construcción en la que usualmente vive gente” porque ningún otro significante significa eso. El significante “casa” está ligado a ese concepto por el simple hecho de que ningún otro significado permite dicha ligazón.

Dicho de una manera muy rústica. “Casa” significa “casa (construcción….)” porque ningún otro significante (árbol, caballo, pez, etc) hace posible esa ligazón de significado. Esto es, algo significa una cosa porque ninguna otra cosa significa eso mismo.

El signo lingüístico posee dos características escenciales. La primera de todas es arbitrario y la segunda que es lineal.

Respecto a la primera característica del signo lingüístico podemos decir que esto se debe a que el lazo que une al significante y al significado no responde a ningún criterio, es tan solo arbitrario. ¿Por qué llamamos al árbol árbol o a las casas casas? Pues eso es algo completamente arbitrario.

El segundo criterio tiene que ver con la linealidad del signo lingüístico. El signo lingüístico no se manifiesta en alguna parte específica de las cadenas sonoras. Por la misma cualidad de la sustancia sonora del signo lingüístico este debe ser entendido como una extensión.

Aclarado (?) esto podemos continuar con otra distinción capital del pensamiento de Saussure y de la lingüística estructuralista. Esto es la distinción Lengua / Habla. Estos dos términos, el de lengua y el habla son claramente opuestos.

La lengua según esta concepción es similar a esta idea de la estructura completa. La definición más canónica de lengua que propone esta perspectiva es la de “posibilidad del habla”. La idea de lengua tiene entonces aquí casi un estatuto “absolutisto” de magnitudes abstractas. La lengua no es una u otra lengua en particular, sino aquella estructura subyacente a toda lengua. La lengua, en este sentido, es puramente singular: es “la” lengua[20].

Por el otro lado tenemos al habla. El habla –según Saussure- es puramente caótica y no hay manera de estudiarla, a diferencia de la lengua, que es el objeto de la lingüística.

Todo el esquema de Saussure apunta desarrollar un método sistemático para estudiar comparadamente las lenguas, es por eso que descarta por completo de su objeto al habla, la cuál a su criterio presenta una dispersión tan amplio que no permite sistematizarla para conducir estudios sistemáticos.

Esta oposición es fundamental para entender tanto a la lengua como al habla, de la cuál deriva la noción de discurso.

En conclusión hemos intentado muy apresuradamente de introducir la noción de lenguaje en Saussure. De la mano de esto hemos bosquejado la idea de estructuralismo y la de signo lingüístico, que es la unidad con la que opera el lenguaje y como esta unidad se descompone en significante y significado.

Por último hemos mencionado la oposición entre lengua y habla y como la primera es el principio del habla.

 

Actos de Habla en el lenguaje

 

Tratar esta cuestión de los actos del lenguaje –algo indispensable para pensar la política- implica, como hemos venido haciendo hasta ahora, relegar el “análisis del discurso”, en este caso para adentrarnos en la filosofía analítica del lenguaje.

Quien inaugura de alguna manera la reflexión de cómo por medio del lenguaje se pueden realizar cosas en el mundo es el filósofo J. Austin quien en sus conferencias publicadas bajo el título de “Como hacer cosas con palabras” abre una nueva discusión sobre como el lenguaje nos permite realizar cosas.

De aquí que se comienzan a perfilar ciertas perspectivas pragmáticas y performativas sobre el lenguaje.

La reflexión de Austin se detiene en los casos en los que por medio de un enunciado más que hacer una afirmación se realiza un acto.

 

“Comencé llamando la atención, a manera de ejemplo, sobre unas pocas expresiones lingüísticas simples del tipo que llamé realizatorias o realizativas. Ellas muestran en su rostro la apariencia –o por lo menos el maquillaje gramatical– de “enunciados”; sin embargo, cuando se las mira más de cerca, no son obviamente expresiones lingüísticas que podrían calificarse de “verdaderas” o “falsas”. Ser “verdadero” o “falso”, empero, es tradicionalmente el signo característico de un enunciado. Uno de nuestros ejemplos fue la expresión “Sí juro (desempeñar fiel y lealmente el cargo…) formulada durante la ceremonia de asunción de un cargo. En este caso diríamos que al decir esas palabras estamos haciendo algo: a saber, asumir un cargo y no dando cuenta de algo, o sea, de que estamos asumiendo el cargo.[21]

 

Aquí vemos la doble relevancia de lo expresado por Austin. Por un lado la cuestión de la performatividad del lenguaje, esto es como por medio del lenguaje se puede trascender el mundo de los meros fenómenos linguísticos. Por el otro lado el ejemplo que expresa justamente menciona un caso que es de especial interés para nosotros, esto es el de asumir el poder como puede ser el que otorga el gobierno del Estado.

Sin la intención de reconstruir el muy interesante argumento por el cual nos hace transitar Austin en su exposición podría destacar algunos aspectos interesantes.

En primer lugar me gustaría señalar como Austin distingue tres dimensiones –o fuerzas- en el lenguaje, la locucionario, ilocucionaria y la perlocucionaria.

La dimensión locucionaria hace referencia al contenido meramente lingüístico de un enunciado. Esto hace referencia al contenido “literal” de una preposición.

Generalmente la lingüística opera mucho con ejemplos. A pesar de mi resistencia a esto admito que muchas veces resulta muy didáctico. Para el caso de la dimensión locucionaria de una enunciado como:

 

E.1.“Abrí la puerta por favor

 

La dimensión locucionaria de este enunciado 1 se agotaría en las mismas palabras que la componen o en la mera reverberación que puede provocar la pronunciación de estas palabras en voz alta.

Para el mismo caso, la dimensión ilocucionaria se encontraría en lo que el hablante busca con este enunciado. Concretamente que alguien abra la puerta. En este sentido la fuerza ilocucianaria tendría que ver con los supuestos que implica todo intercambio lingüísticos. De alguna manera y a pesar de que el ejemplo puede llegar a ser poco afortunado, la fuerza ilocucionaria estaría relacionada con la denotación, esto es, algo que se quiere decir por medio de un enunciado pero no necesariamente se dice de manera literal o por medio del contenido locucionario.

Esto es más simple de lo que puede sonar. Hagamos un pequeño ejercicio ya de análisis del discurso más que de lingüística. Digamos que hay dos lectores de este texto que se miran y con un gesto un tanto burlón se dicen –“Este pibe!”. El contenido locucionario de este enunciado se agotaría en las dos palabras, “este” y “pibe”. Aún así el contenido ilocucionario puede tener un contenido muy distinto al del locucionario. Esto significa que esta afirmación o exclamación puede significa cosas como –“Este muchacho está en cualquiera”- ó “No entendió nada de la consigna que se le pidió” o “Que enroscado y que ganas de hacernos dar tantas vueltas para no llegar en definitiva a nada”. Claro que este es un caso puramente hipotético.

La dimensión –o en este caso más enfáticamente- perlocutiva del lenguje carece de toda sustancia lingüística en el sentido más estrícto del término. Claramente la fuerza perlocutiva está estrechamente vinculada al lenguaje, pero aún así se manifiesta en un ambito completamente externo al mismo.

En el caso concreto del ejemplo que pusimos en el enunciado 1 donde alguien le pedía a otra persona que abriera la puerta la fuerza perlocutiva se encuentra en el acto de la persona que es apelada por ese mismo enunciado. La fuerza perlocutiva está dada por el acto de aquella persona que se levanta y cierra la puerta.

Dicho esto podemos avanzar un poco más con algunas cuestiones sobre los actos de habla.

Los actos del lenguaje nos son incondicionales. Esto es, no necesariamente se pueden realizar efectivamente. Los actos del lenguaje pueden ser felices o desafortunados. Esto en relación a nuestro enunciado 1 significarían que en caso de que alguien efectivamente abriera la puerta, estaríamos en condiciones de decir que el acto del lenguaje es feliz, en el caso contrario no encontramos con un acto de habla desafortunado[22].

En el recorrido que realiza Austin en estas conferencias parte de una concepción del lenguaje nominativa o constatativa del lenguaje más similar a la B. Russell y paulatinamente va tomando distancia de esta.

Por medio de esta línea argumentativa Austin pretende comprobar que cuando decimos algo:

 

1)   estamos haciendo algo y, a la vez, diciendo algo, sin que ambas cosas se confundan, y

2) nuestra expresión puede ser afortunada o desafortunada (al par que, si se quiere, verdadera  falsa).[23]

 

Básicamente si quisiéramos realizar un esquema de este principio de los actos de habla tendríamos algo así como:

 


Dimensión Perfomativa (Hacer)

Dimesión Constatativa (Decir)

Feliz / Desafortunada

Verdadera / Falsa

 

De manera que se podría decir que un acto de habla funciona en 2 dimensiones, una en la que tiene como objeto realizar algo que puede o no llevarse a cabo sin percance alguno y al mismo tiempo dice algo del “mundo de las cosas” donde esta aserción puede ser verdadera o falsa.

En la dimensión constatativa ¿en base a que podemos asegurar que este enunciado es verdadero o falso? La respuesta es muy simple: En base a otros enunciados. Aquí es donde adquiere relevancia la noción de analítica. Los enunciados ya no serían verdaderos o falsos en relación al “estado de las cosas” en el “mundo de las cosas” sino más bien, son verdaderos o falsos en relación a otros enunciados[24]. En el caso particular de Austin, él pareciera estar librado de la constricción de la analítica: “¿Es verdadero o falso lo que enuncié? Y tenemos la impresión de que esta pregunta, para hablar en términos populares, busca determinar si el enunciado ‘corresponde a los hechos’[25]. La cuestión aquí es descubrir la correspondencia entre los enunciados y los hechos. Incluso en este punto y para facilitar las cosas podríamos hasta prescindir de los efectos perlocucionarios de los mismos enunciados.

Este argumento plantearía que asumiendo esta dualidad de los actos de habla, incluso en el caso de no poder comprobar la facticidad de lo dicho en el enunciado, este puede seguir teniendo o cumpliendo su aspecto performativo.

En otras palabras, constatar la pretensión de validez de las cosas en términos de adecuación con los hechos como propone Austin[26] es algo sumamente difícil y se complica más aún en la medida que sumamos participantes que puedan llegar a estar involucrados en esta situación sin embargo esta dimensión puede ser independiente (o no) de sus resultados perlocucionarios.

Dejaremos de lado estas cuestiones enmarañadas para poder avanzar en relación o otras cuestiones relacionadas con los actos de habla.

En este caso particular hablaremos de los actos de habla indirectos. Un acto de habla indirecto es un acto de lenguaje provisto de dos fuerzas ilocucionarias, una primaria y otra secundaria; de manera que constituye un acto ilocucionario secundario que remite al significado literal de la oración emitida por el hablante, y un acto primario que difiere de ese significado literal. El locutor realiza un acto –un pedido por ejemplo- comunicándole al oyente más de lo que efectivamente dice. Un ejemplo de esto es pedir la sal preguntando: ¿Podrías pasarme la sal? Está claro que en este caso no se está preguntando por la capacidad de hacerlo, sino que existe una fuerza ilocucionaria por medio de la cual se pide la sal, y que la principal motivación de presentar este pedido como pregunta se debe a una cuestión de cortesía que permite mitigar la amenaza que constituye realizar un pedido.

Un aspecto fundamental sobre los actos de habla indirectos reside en la manera en que el oyente puede captar el objeto ilocucionario, la intención ulterior de una oración. 

Grice introduce la noción de implicatura, esto una situación donde hay divergencia entre el significado de la oración y el sentido comunicado por el enunciado. Las convenciones, o implicaturas convencionales, brindan significado a la fuerza ilocucionaria primaria de los actos de habla indirectos. El hablante y el oyente identifican el significado de sus enunciados al tener experiencia previa compartida y convencional. Las implicaturas conversacionales hacen referencia al propósito común que pueden tener dos hablantes que participan en una conversación. Las máximas conversacionales son principios que se desprenden de estas implicaturas, entre las que se destaca el principio de cooperación. Las máximas conversacionales refieren a la cantidad –ser breve- a la calidad –poder comprobar lo que se dice- a la relación –que sean relevantes- y al modo –referente al orden de la oración.

De esto podríamos concluir los actos de habla indirectos se orientarán preferentemente a los actos de tipo directivos, es decir pedidos; mientras que para los actos comisivos pueden ser abordados desde las implicaturas conversacionales que hemos descripto arriba.

En el caso de Ducrot, presenta los actos de habla indirectos en términos de delocutividad. Esto significa una derivación del significado de una palabra por el cual se atribuye un nuevo significado. El razonamiento parte de una palabra ‘M1’ con un sentido ‘S1’ que se expresa mediante una expresión‘E1’. Frente a esta situación aparece otra palabra ‘M2’ emparentada morfológicamente con ‘M1’ y que pueda expresar el acoplamiento de estos morfemas en una expresión ‘M2’. Ejemplo de esto es la expresión ‘sicarlista’, derivación de decir que ‘ Carlos’, entendiendo esto como acto de obsecuencia hacia quien fuera en algún momento presidente. Otro ejemplo es el de la expresión OK. Esta expresión se acuño durante la guerra civil de los Estados Unidos, donde las unidades que volvían de sus patrullas reportaban su estado, de manera que si no habían bajas, decían ‘0 Kills’ (ningún muerto), lo que por medio de la delocutividad, esta expresión se convirtió en OK y su significado hace referencia a que las cosas están.

Dando un paso atrás en estas cuestiones me gustaría mencionar la posición de O. Ducrot respecto a los actos del lenguaje que en buena medida se desapega de la tradición anglosajona de la filosofía analítica del lenguaje.

En algún sentido la posición de Ducrot es más radical respecto de los actos de habla. Siendo muy poco prudente me atreveré a decir que en esta concepción prácticamente todo enunciado representa un acto de habla. Esto significa que todo enunciado es una forma de hacer algo,  aunque sea decir lo que quiero decir.

Para visualizar esto de manera más patente sirve exponer uno de los ejemplos que utiliza el mismo Ducrot. Aunque la gran mayoría de los casos que propone son los de las promesa existe un caso en el que manifiesta un caso extremo de los actos de habla. El caso concreto es el del enunciado –“Gracias”. En tal caso el acto de lenguaje reside en manifestar la gratitud.

Hasta aquí con las cuestiones de los actos de habla que como bien se puede apreciar, han sido expresado de una manera extremadamente sintética y por momentos desprolijamente. Aún así creemos que al menos logramos presentar algunos aspectos útiles que hacen a la teoría de los actos del habla[27].

 

Enunciación y análisis del Discurso

 

El término discurso incluso resulta muchas veces ambiguo en sí mismo[28]. Cada enfoque metodológico tiene su propia teoría y sus distintas unidades. En este sentido, la utilización de esas alternativas “texto”, “discurso”, “corpus”, no son azarosas. Estos tres términos pueden adoptar distintos significados y formas de articularse e inscribirse en los discursos propios de cada una de las distintas corrientes. A pesar de poder inclinar mi preferencia hacia alguna de las corrientes en particular, no puedo ignorar la corriente que es de menor preferencia. Esto es lo que produce la irrupción incómoda del abanico de unidades y categorías, extendido como en un mazo de cartas, donde sus géneros o sus números, no presentan ninguna conexión[29]. Pero es cierto que también estas categorías existen tanto como sus marcos conceptuales.

Dentro de este marco de incertidumbre, donde discurso, hace múltiples referencias a distintos significados en diferentes cuerpos teóricos no podemos hacer otra cosa que empezar a esbozar dentro de esta compleja maraña de métodos y teorías un compendio de algo que se puede llegar a llamar análisis del discurso, poniendo tal vez algún énfasis en alguna corriente.

La primer distinción sería el establecimiento de la unidad. Mainguenau distingue dos tipos de unidades: Tópicos y no tópicos. Los tópicos, al mismo tiempo presentan dos dimensiones, los dominios y los transversales. En el caso de los dominios se hace referencia al tipo/género, campo/posicionamiento, aparato/red. Los tópicos transversales, atraviesan de esta manera la formación discursiva que hace a la unidad del discurso, adoptando las formas polémica, didáctica, etc; discurso/relato[30]. Por su lado las unidades no tópicas se constituyen lingüísticamente mientras que las tópicas son “empíricamente dadas[31]. Según esta propuesta, los tópicos permiten el establecimientos de géneros, que mediante una economía cognitiva, aseguran la comunicación ajustando las expectativas, logrando que la significación no exija mayor esfuerzo.

Aquí podríamos encontrarnos con una unidad que encuentra un tópico en dos niveles distintos, en primer lugar en tanto se estructura como género y en segundo, como tópico, referencia obligada o campo semántico[32]. En este sentido, la unidad puede ser al mismo tiempo el género y el tópico. Respecto al tópico el diccionario enciclopédico de las ciencias del lenguaje plantea:

 

La descripción de las unidades de análisis temático aún no está muy elaborada. El término de motivo se toma del estudio del folklore, donde tiene, sin embargo, un sentido diferente (cf. Infra); aquí designará la unidad temática mínima. Casi siempre el motivo coincide con una palabra presente en el texto; pero a veces puede corresponder a una parte (del sentido) de la palabra, es decir, a un sema, y otras veces a un sintagma o a una frase donde no figura la palabra mediante la cual designamos el motivo” (Ducrot, Todorov, 2003 [1972] p:257)

 

Por un lado convergen los tópicos entendido como género y desde el aspecto semántico de motivo como es presentado por Ducrot y Todorov.

En favor de los géneros como unidad y de la propuesta de Manguenau, encontramos que:

 

“Les genres, dans la mesure où ils déterminent au palier textuel les modes de corrélation entre les plans du signifié et du signifiant, sont les facteurs déterminants de la sémiosis textuelle. Ils contraignent non seulement le mode mimétique du texte, mais aussi ses modes de production et d’interprétation. Ils témoignent par ailleurs du caractère instituant des pratiques sociales dans lesquelles ils prennent place. (Rastier, 2001)”

 

El género tiene que ver –en tanto unidad- con la práctica social. Esto nos permitiría hacer referencia al aspecto sociolingüístico de la cuestión. En relación a esto (Hymes, 1964, 1974) propone que el modo de organizar el  lenguaje es parte de la organización de la conducta comunicativa de la comunidad. Para ello propone un abordaje multidisciplinario, para estudiar las bases del mismo lenguaje. Su esquema o framework plantea cuatro elementos. Los componentes del elementos comunicativo, las relaciones entre componentes, capacidad y estado de los componentes, y la actividad del todo constituido. Sin intención de dispersar más esta exposición, me gustaría mencionar que la relevancia de la mención a Hymes tiene que ver con lo que nos muestra Rastier en la cita y lo que insinúa Mainguenau respecto a los géneros. Esta organización de los textos tiene un efecto sobre la organización del funcionamiento –o para ser menos funcionalista: el orden- social. Este aspecto es también relevante porque sirve también para interrogarnos si es aquí, donde encontraremos la especificidad del discurso político. Si la organización de los géneros nos permite deducir las formas de organización de lo social, el discurso político –genero entendido en tanto forma de presentar como repetición de lo diverso para darle continuidad- y su organización interna tendrá algo que decirnos sobre los efectos en torno a la organización de los social. Aquí lo novedoso aportado por Hymes son los elementos extradiscursivo, que son constituyentes del mismo discurso, pero están considerados más allá de la situación textual, sino de la situación comunicativa y de sus participantes. La clave que aquí se nos presenta respecto a la especificidad del discurso político tal vez tenga que ver con las condiciones en las que es producido y los efectos que pueda tener en términos de la asignación de significados que pueda generar.

Diferenciando claramente la corriente anglosajona más relacionada con la gramática que con la enunciación y poniendo un poco más de énfasis en la cuestión del discurso político podemos avanzar por el camino abonado por las siguientes referencias.

El caso de  “La ciencia del texto”(1980) y el “Handbook of Discourse Analysis”(1985) de Teun van Dijk, encontramos esta cuestión tratada de la siguiente manera.

 

Mutatis mutandis esto puede ser válido para las ciencias políticas. Los discursos de los políticos, los debates parlamentarios, los informes políticos de las agencias de prensa y los comentarios, tratados internacionales y conferencias, la propaganda y los programas de los partidos configuran la manifestación “textual” del sistema político.” (Van Dijk, 1980, p:24.)

 

En el cuarto volumen del handbook encontramos dos artículos de R. Fowler y G. Seidel, esté último responsable del artículo “Political Discourse Analysis”, donde reseña parte del trabajo de T. Trew. Trew analiza la sintaxis y su relación con la forma en las que los discursos políticos y sociales sirven para legitimar o desafía un orden social. Para ello Trew adaptó el modelo de M.A.K. Halliday que se propone explícitamente la relación entre elecciones lingüísticas y constricciones semiótica de la situación de habla (speech situation).

 

Cuadro 1: Trew – Racismo en titulares de períodicos.

 

Agent

Process

Affected

Circunstance

Fuente: Trew. 1979ª, p. 100 en Van Dijk (1985).

 

 


[1] Ricardo Esteves (UBA). ric.esteves@gmail.com

[2] Pregunta inspiradas en las clases del seminario dictado por del Prof. D. Mainguenau. En la Facultad de Derecho UBA, mayo 2003. Organizado por el CEFA en conjunto con la Facultad de Filosofía y letras UBA.

[3]Discourse Analysis” en “The Structure of Language: Readings in the philosophy of language” ed. por Jerry Fodor & Jerrold Katz, 355-383. Englewood Cliffs, N.J.: Prentice-Hall, 1964.

 

[4] Resultan interesante las reflexiones de Hobbes, teniendo en cuenta que datan del siglo XVI. “El uso general del lenguaje consiste en trasponer nuestros discursos mentales en verbales: o la serie de nuestros pensamientos en una serie de palabras, y esto con dos finalidades: una de ellas es el registro de las consecuencias de nuestros pensamientos, que siendo aptos para sustraerse de nuestra memoria cuando comprendemos una nueva labor, pueden ser recordados de nuevo por las palabras con que se distinguen” T. Hobbes “Leviathan: o de la materia, forma y poder de una república eclesiástica civil” FCE, México, DF. 1998 pág. 23.

[5]Ibid. pág.:22.

[6] Water Benjamin “La obra de arte en la época de su reproductividad técnica” en “Discursos interrumpidos ITarcus, Madrir, 1994. p.39.p:47.

[7] (Ibid) pps: 61-62.

[8]M. Horkheimer & T.  Adorno La Industria Cultural” Ed. Galerna. Bs. As. 1964

[9] H. Marcuse “Ensayos sobre Política y Cultura” Ed. Ariel, Barcelona. 1972.

[10] Ibid. Pág. 46.

[11] H. Marcuse “El hombre unidimensional” Hyspanoamérica. Bs. As. 1984 pág. 115.

[12] L. Althusser “Ideología y aparatos ideológicos del Estado” en “La filosofía como arma de la revolución” Siglo XXI. México D.F. s/f. pág. 131.

[13] Ibid. Pág. 134.

[14] H. Arendt “La condición humana” Ed. Paidós, Barcelona 1996. pág. 201.

[15] Ibid pág. 203.

[16] M. Foucault “La arqueología del Saber” Siglo XXI, Bs. As. 2002. pág: 334.

[17] E. Laclau “La imposibilidad de la sociedad” en “Nuevas reflexiones sobre la revolución de nuestro tiempo” Nueva Visión, Bs. As. 2000. pág. 106.

[18] S. Žižek “Más allá del análisis del discurso en Ibid. pág. 261

 

[19] F. De Saussure “Curso de Lingüísitica General”, Madrid, Akal. 1995.p.100ss.

[20] Utilizando una comparación tal vez poco legítima, podríamos decir que la lengua en Saussure solo en algunos aspectos (subrrayo esto) se podría parecer a la “Idea” de Hegel. No existe absolutamente ninguna ligazón entre estos dos, pero esta mención vale como metáfora del alcance de la lengua en el estructuralismo.

[21] J. Austin “Como hacer cosa con palabras”, Barcelona, Paidós. 1990. Pág 52.

[22] Reconozco aquí que el ejemplo con el que estamos operando se aleja mucho de los ejemplos y casos que propone Austin. En términos rigurosos el Enunciado 1 no calificaría como acto de lenguaje independientemente de que la fuerza perlocucionaria de este enunciada fuera eficaz o no. En este sentido esta concepción de los actos de habla nos acercamos más a la posición de O. Ducrot, quien en algún punto podría llegar a coincidir que nuestro Enunciado 1 representa un acto del lenguaje o de habla.

[23] Ibid

[24] Evidencia de esto en Searl encontramos en: “La sinonimia se define como: dos palabras son sinónimas si y sólo si tienen el mismo significado; y la analiticidad se define como: un enunciado es analítico si y sólo si es verdadero en virtud de su significado o por su definición” “Actos de Habla” pág. 15; “Si deseas saber si un enunciado es analítico, pregúntate si es verdadero por definición, o en virtud de su significado” pág 16. Wittgenstein por su lado diría “Whether a proposition can turn false after all depends on what i make count as determinants for that proposition” “On Certainty” pág 2. Y claro que cuando menciona esto lo hace en el marco de sus Juegos de Lenguaje que se dan solo en un marco analítico, o si se prefiere, en ese escenario de reglas y procedimientos (que Searl adopta) “The Blue an Brown Books: Preliminary Studies for the Philisophical Investigations Harper Torch. 1960.

[25] Ibid. Pág 187.

[26] Resulta interesante incluso que aparezcan casos o ejemplos del mundo del derecho y a mi juicio no representa un acercamiento al “mundo de las cosas”, los “hechos”, sino que el mundo del derecho presenta un marco analítico, o de juegos de lenguaje –para parafrasear a Wittgenstein- donde los enunciados son puestos a prueba en relación  a otros enunciados. Una valoración personal a estos tres filósofos es que todos niegan o ignoran la existencia de la política, donde los juegos del lenguaje, acaso sus reglas, adquieren aspectos muy particulares.

[27] O. Ducrot “El decir y lo dicho” Edicial, Buenos Aires, 2001. Pág. 243.

[28] En castellano, el morfema discurso coincide –además de con el significado del discurso en los términos que aquí lo queremos comprender- con una situación específica de enunciación, el “discurso” (speech); y muchas veces, reducido su análisis a estas situaciones. En este caso, los discursos o corpus coinciden con ese tipo de situación, aunque la situación de enunciación de estos cuatro discursos se presenta de manera particular en estos cuatro casos y en consecuencia no se trata de situaciones de “speech” convencionales.

[29] Entendiendo la cuestión del lenguaje y el discurso a partir de los juegos, y haciendo referencia a Wittgestein, se podría decir –de esta metáfora del juego de cartas- que cada “género” o “palo” y cada número de la carta, permite distintos juegos. En términos del discurso, cada una de estas unidades desencadena distintos juegos de lenguaje, donde los números y los palos de las cartas adquirirán significado dentro de un juego regulado convencionalmente por una serie de reglas que establecerá la manera en que se podrán constituir discursos, en formas de juegos particulares en arreglo a las mencionadas normas.

[30] La distinción de Benveniste

[31] Notas de clase 28-05-2003. Seminario: Introducción a los métodos de análisis del discurso. Maestría de Análisis del Discurso, FFyL, UBA.

[32] En los términos propuestos por Rastier: “Nous avons procédé dans une perspective de production ou d’interprétation, qui en reste à la sémantique : les objets décrits sont tous constitués d’unités et de relations sémantiques organisant des fonds et des formes.” (…)”On peut classer les textes selon les critères les plus divers, nombre et nature des iso­topies génériques, représentation de l’énonciation, etc.” Incluso sobre esta misma cuestión (…) “Les genres mêmes doivent être étudiés au sein des discours et des pratiques sociales où ils prennent place. On peut trouver un intérêt théorique à comparer la structure dialectique de notices de montage et de recettes de cuisine, mais on ne peut négliger qu’elles ne relèvent pas du même discours, et ne sont pas interpré­tées ni appliquées de la même façon (les bons cuisiniers suivent leur inspiration). En outre, les discours mettent en jeu plusieurs genres, et il faut restituer la systé­matique de ces genres pour comprendre les spécificités de chacun. Comment par exemple, dans le discours juridique, étudier les réquisitoires sans les distinguer des plaidoiries ?” Rastier (1994)

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