Golden Boys

HERNAN IGLESIAS ILLA en CLARIN

Golden boys

El libro del periodista argentino cuenta quiénes son, cómo viven y cómo piensan los compatriotas que, en la década del ’90, se hicieron millonarios en Wall Street. También, el papel que jugaron en la crisis de 2001.

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ESPOSAS ARGETINAS. “Se rascan todo el día. Viven bárbaro. Se hacen las lolas, se compran la Volvo nueva, juegan al tenis, toman el té, se hacen las uñas, van a la peluquería”. En el libro, un compatriota de WS dice que, si volviera a nacer, le gustaría ser la mujer de un argentino en Greenwich.

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“Golden Boys se está convirtiendo en uno de esos libros en los que cada uno lee lo que quiere. Para algunos es un ataque virulento a Wall Street; para otros, una defensa. Lo que nunca pensé que podía ser era una defensa del gobierno de De la Rúa”, dice Hernán Iglesias Illa, en su blog. Ocurre que, vía mail, alguien le contó que pensaba leer su ópera prima literaria por recomendación del ex presidente Fernando De la Rúa, quien, parece, en esas páginas vio clarito “cómo se especulaba contra la Argentina desde Wall Street”. Lo cierto es que Golden Boys (Editorial Planeta) no es una historia de buenos y malos o de culpables o inocentes de todos nuestros males. O, mejor dicho, no es sólo eso. Y, quizás, allí radique su valor.

Durante el año que siguió luego de presentar el boceto del libro y ganar la primera edición del premio Crónicas de Seix-Barral y la Fundación Nuevo Periodismo Iberoamericano (FNPI), que preside Gabriel García Márquez, Iglesias Illa entrevistó a los traders argentinos que se hicieron millonarios comprando y vendiendo bonos de la deuda externa de los países emergentes, entre ellos la Argentina, en WS, durante la década del 90′. El resultado fue abrir el velo mítico que envuelve al centro financiero mundial y mostrar quiénes son, cómo viven y cómo piensan los compatriotas que allí se desenvuelven. Esos que en una jugada pueden ganar o perder 300 millones de dólares de sus patrones, es decir, los bancos y los fondos de inversión más grandes del mundo. Esos que allí donde viven, en Greenwich, Connecticut, una de las ciudades más ricas de los Estados Unidos, forman, como la llama el autor, una little San Isidro que cobija a más de 100 familias argentas.

Los Golden Boys son jóvenes de doble apellido, pero también son hijos de la clase media, de madre odontóloga o padre mecánico. Hombres de negocios a los que les divertía “viajar a Europa, revisar la larga lista de bancos acreedores de la Argentina y tocarles el timbre, en Ginebra, Francfort o Bruselas, a aquellos -pequeños, sin grandes estructuras y paciencia- que estuvieran dispuestos a vender. Les compraban el portafolio entero, en operaciones que pocas veces superaban los US$ 50 millones”. Son hombres de negocios que, aseguran, si volvieran a nacer elegirían la vida de sus esposas: “Se rascan todo el día. Viven bárbaro. Se hacen las lolas, se compran la Volvo nueva, juegan al tenis, toman el té, se hacen las uñas, van a la peluquería”, según cuenta uno de ellos. Hasta se permiten pensar “quién será la próxima Norita Dalmaso de Greenwich”.

Desde Nueva York, donde vive y trabaja como periodista free lance, Iglesias Illa habló con Clarín.com.

-¿Una de las sorpresas que te llevaste durante la investigación fue descubrir que “los mercados” eran, simplemente, quince pantallas con números?

Un poco sí. Yo venía leyendo los mercados, comillas, tanto… Digo, todo personificado en “los mercados respondieron bien, respondieron mal”. Hasta que llegás a un training floor y están los pibes. Los mercados, de hecho, son nada más que gente y, entonces, es raro ver las pantallitas, los números titilando y los tipos tomando decisiones en ese momento. Es raro: todavía, las imágenes populares sobre los mercados es como el que se tiene sobre las bolsas, donde la gente está toda junta y gritando. Todavía creen que es muy oral la cosa y no es así, cada uno está en su oficina, pero podría estar en su casa. No hay tanta sensación de multitud o de patota como parecería. Es como una cosa mucho más de oficina, más normal. En ese sentido es menos fascinante, menos misterioso y caótico de lo que uno podría pensar.

-Los argentinos de WS, ¿están enamorados de los cambios de los 90′ porque les dieron enormes ganancias o porque de verdad siguen convencidos de que lo que se hizo en esa etapa fue lo mejor para el país? ¿Nunca lo vieron como la causa de la posterior catástrofe?

Son dos cosas distintas. Sobre el convencimiento ideológico, hay de todo. Hay algunos que siguen creyendo en las versiones más duras. En los 90′ había varias posiciones dentro de los “pro” mercados. Hay otros que, en su momento, les parecía bien lo que se hacía en los 90′ y ahora les parece bien lo que se hace ahora. Sobre todo los traders, los que están mucho más encima de la cosa, son tipos pragmáticos. No son ideólogos. Después, con respecto a 2001, ninguno de ellos cree haber contribuido a la crisis. Ninguno se arrepiente mucho de nada.

-En el imaginario popular siempre quedó claro que el gobierno de (Carlos) Menem fue el mejor alumno de WS y el FMI. Sin embargo, el libro muestra que ese papel lo ocupó la Alianza.

Para el FMI y WS la mejor relación fue, claramente, con la Alianza. Menem y (Domingo) Cavallo son dos tipos muy difíciles de carácter, incluso. El FMI no se llevaba nada bien con Cavallo. Era un tipo que despreciaba las reuniones con los intermedios e iba directo a los jefes, alienaba a todo el mundo. Hay como un mito de la relación del FMI con el menemismo, que de hecho fue muy poca; en parte porque no la necesitaba.

-¿Y por que se instaló ese mito, entonces?

En el 98, en la Asamblea General del FMI, lo invitan a Menem como el gran ejemplo de lo que había que hacer. Eso probablemente ayudó. Y también que la Argentina no necesitaba al FMI, pero este siempre decía que estaba dispuesto a ayudar al país y elogiaba sus políticas. De hecho, la Argentina tuvo que convencer al FMI de que la convertibilidad era una buena opción. Al FMI, le llevó un par de años enamorarse de la convertibilidad. Después terminaron demasiado enamorados, pero al principio no les gustaba nada. Estaban de moda los cambios flotantes, no los fijos.

-Uno de los argentinos te dijo que “no se puede trabajar si a la noche leés Página 12 en secreto y te asaltan dudas morales”. ¿No pueden dejarse persuadir nunca por esos pensamientos?

Depende. Los economistas son más abiertos a discutir su propia ideología y a pensar si pudieron haberse equivocado o no. Los traders, cuando hablan de ideología, hablan de cosas más concretas. En los 90′ ellos veían como una mala señal de los gobiernos que se pusieran controles a los movimientos de capitales, entonces, si un país si lo hacía, los precios de su deuda bajaban porque a WS no le gustaba. Ahora esto ha cambiado: hay gente a la que no le parece tan grave, así como pasa con los controles de precios. Me parece que, en ese sentido, se han relajado ciertos axiomas ideológicos que tenían y ahora son más pragmáticos. Es difícil saber si eso cambió porque maduró el mercado o porque se equivocaron.

-¿Trader se nace o se hace?

Me parece que hay una cuestión psicológica específica para ser trader que tiene que ver, un poco, con una agresividad y una rapidez de reacción y una capacidad para arriesgar que hay gente que no la tiene. Pero también me parece que se ha profesionalizado mucho el trading y que, siendo una persona con talento razonable, se puede aprender a hacer algunas cosas. Sobre todo, porque muchos traders talentosos de otras épocas se han pegado unos palos tremendos, porque el que arriesga mucho después cae más fuerte. También han aprendido a ganar plata arriesgando poco, siendo más matemáticos y racionales en ese sentido.

-Hoy, con la bonanza económica de América Latina, WS los hizo menos necesarios a los traders. Contás que ahora se exige una fuerte base de ciencias duras, cuando antes había que ser cínico, desconfiado e intuitivo para reinar. ¿Cómo viven ese cambio los argentinos?

Lo que más han hecho, los que ya estaban en el mercado (porque a los nuevos ya los preparan para esta nueva etapa), es pasarse al otro lado del mostrador y trabajar en fondos de inversión, o sea, invertir plata de gente. A los que mejor les ha ido tienen sus propios fondos. En vez de trabajar en los bancos, que son los que están en el medio de las transacciones, trabajan en los fondos que son los que están al final de la cadena: son los que compran y los que venden. En parte porque la importancia de los bancos ha bajado.

-¿En qué momento de la investigación se te fue la idea de que los argentinos de WS eran todos cogotudos o ricachones?

Se fue de a poco, sobre todo, conociendo pibes completamente de clase media, esa es la prueba más importante. Ver que no era difícil llegar. Lo más difícil acá es saber que existe la vía y proponérselo. Mucha gente no tiene idea de cómo hacerlo.

-Es que se imagina como algo muy lejano. El libro plantea que es accesible.

Bueno, muchas veces hay pibes que llegan más alto que otros simplemente, no sólo en WS, si no en general, porque alguien en su familia sabe cómo es el camino para llegar tan alto. Y otro pibe con ese mismo talento, pero desconectado y con una familia desinteresada en ese aspecto, por ahí no ve el lugar y se conforma con otra cosa. Saber que el camino es posible es una gran diferencia. WS se ha democratizado mucho en los 90′: los bancos hicieron grandes convocatorias para contratar, antes era más a dedo. Y eso mantiene la clase media de la gente que llega.

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