Lo femenino, la mujer y la familia en la polis en la Política de Aristóteles

“La familia es así la comunidad establecida por la naturaleza para la convivencia de todos los días. (…) La primera comunidad a su vez que resulta de muchas familias y cuyo fin es servir a la satisfacción de necesidades que no son meramente las de cada día, es el municipio”

Aristóteles “Política”

En la Política de Aristóteles no se encuentra con facilidad rasgos, características, referencias, a lo femenino, más allá de la categoría familia. La mujer no aparece, o se muestra, salvo como parte de algo, la familia, y no como un todo reconocible. Para encontrar de que manera, este todo –la mujer– esta unidad de la que partimos, y a partir de la cuál rastreamos, en el texto de Aristóteles, su lugar, su relación con el todo, que es la ciudad, la polis. La cuestión de la unidad, en el pensamiento de Aristóteles, representa en sí una cuestión interesante. Es necesario tener en cuenta que el tema, la política, la ciudad, es algo genérico, que tiene en sí una naturaleza colectiva y plural. Encontrar esa línea, que demarca y establece esa frontera bien definida –a veces confusa– que distingue el adentro del afuera, la repetición y la diferencia, que hace posible la unidad[1] (Deleuze (1999 [1969]), p:42.). En la Política encontramos que la familia y la ciudad comparten muchas veces rasgos metonímicos como:

Con arreglo a esta concepción, no hay diferencia alguna entre una gran casa y una pequeña ciudad (Aristóteles, Libro I, p:157)”

El todo y la parte se confunden en este punto. De esto podemos hacer surgir la pregunta de si esta relación metonímica son representa de la misma manera las partes en el todo. En otras palabras, ¿el lugar de la mujer, es en la ciudad el mismo que en la familia? Esta pregunta nos trae nuevamente a la cuestión del todo y de las partes. Para empezar esa cuenta de las partes:

Lo primero de todo es la casa y la mujer y el buey y el labrador

Aquí aparece la mujer como una de las partes. Estas partes son presentadas como pares de opuestos, pero necesarios mutuamente. La forma en que es presentada esta oposición de pares es por sí peculiar. El primer par contiene a “la mujer” y “la casa”, a la que se oponen, “el labrador” y “el buey”. Lo interesante de presentar los elementos en este orden, es que se establecen ámbitos de referencia, o pertenencia; y por otro lado, es interesante como aparece el hombre, no como él, sino como otra cosa.

La primer cuestión, la del establecimiento de ámbitos de pertenencia, tenemos que la mujer y la casa, parecieran tener una conveniencia especial, que la opondría a una conveniencia similar, pero distinta, que tiene que ver con el trabajo y el estar en contacto con la bestias, el exterior. Una de las oposiciones posibles en relación al adentro/afuera, es que la mujer corresponde al adentro, y el hombre al afuera. Lo que nos lleva a lo segundo –aspecto secundario– que el hombre no esté expresado en ese término –dentro del par masculino– sino como “labrador”, haciendo esto implícito para el hombre, repitiendo un juego de metonimia, donde una de las características del varón, la laboriosidad, valga como todo para ocupar su lugar dentro del par. Esta evidente adecuación en la cadena de equivalencias que pueden girar en torno a lo masculino en el discurso de Aristóteles no es tan evidente en el diálogo de Platón.

Retomando a Aristóteles y la cuestión de las partes, será necesario encontrar ahora la singularidad de las partes, para encontrar lo que hace que podamos distinguirlas en tanto unidades:

“Por otra parte, la mujer y el esclavo difieren por naturaleza (pues la naturaleza no hace nada mezquinamente, como lo hacen con sus cuchillos los herreros de Delfos, sino que acomoda casa cosa a un fin particular, y de este modo cada instrumento alcanza su perfección mayor al servir no a muchas cosas, sino a una sola). Entre los bárbaros, sin embargo, la mujer y el esclavo tienen el mismo rango; y la causa de esto es que no tienen ellos nada que por naturaleza pueda mandar, sino que la misma sociedad conyugal es en ellos entre esclava y esclavo.” (Ibid. p:158)

Dentro de las partes, de esta unidad que pareciera por momentos la ciudad, por momentos la familia, o en definitiva lo mismo; reconoce a la mujer y al esclavo, y como de manera de implicatura, la mujer y el esclavo no tienen el mismo rango, a diferencia de los bárbaros que no logran distinguir esta diferencia, que su fundamenta en su naturaleza. En ese sentido, la naturaleza establece, mediante la capacidad de mandar, el rango, es decir la posición, el lugar o el orden de esas cosas dentro del todo. Para poder hablar de rangos es necesario una escala, lo que significa un arriba y un abajo, un más y un menos, en definitiva, otro par de opuestos. En este caso, el criterio que establecería este par de opuestos sería la capacidad para mandar que establece la naturaleza. En este sentido y por naturaleza, deberíamos ordenar en esa escala, de mayor a menor, a las partes que tienen, que poseen por naturaleza, el atributo del mando. Hasta ahora, con las piezas del texto de Aristóteles presentado, podríamos ordenar a la mujer por sobre el esclavo. La escala continúa descendiendo, pero no hace evidente con tanta facilidad su extremo superior.

“El buey, en efecto, suple al esclavo en la casa de los pobres. La familia es así la comunidad establecida por la naturaleza para la convivencia de todos los días.” (Ibid. p:158)

Para completar la cadena, la escala, de manera ordinal, a partir de los elementos presentados, podemos establecer –dentro del ámbito de la familia o la casa– la mujer, el esclavo y el buey.

De lo anterior resulta manifiesto que la ciudad es una de las cosas que existen por naturaleza, y que al hombre es por naturaleza un animal político; y resulta también que quien por naturaleza y no por casos de fortuna carece de ciudad, está por debajo o por encima de lo que es el hombre. Es como aquel a quien Homero reprocha ser

“Sin clan, sin ley, sin hogar”” (Ibid. p:158)

Aquí nos encontramos con un elemento nuevo, que hacen evidente un horizonte más aya de esta línea constante y ordenada. Se encuentra un elemento extra, además del opuesto, que crea la ruptura total con la unidad. Esto podría ser interpretado como un elemento que no se articula en torno a la lógica de lo opuesto, sino como lo distinto, otra naturaleza, el afuera o simplemente el límite que implica la ruptura. En otras palabras, la carencia de alguna de estas unidades implica la imposibilidad de todas las demás y esto es lo que queda patente en el verso de Homero.

Volviendo a lo establecido dentro de los límites, aquello que puede ser pensado como unidad, las partes suturan, cierran el espacio de la unidad. La familia es una unidad, que –nuevamente– con arreglo a la naturaleza, es el espacio de la convivencia cotidiana. Si tuviéramos que seguir construyendo este análisis de la forma en la que lo hemos venido sosteniendo, deberíamos preguntarnos por el opuesto de esta unidad o esta convivencia cotidiana, por su naturaleza, y nuevamente buscar dentro de las partes de esa unidad, que lugar ocupa la mujer dentro de ese todo opuesto a la familia. Pero este tema no es trabajado en sino hasta el punto II del libro primero de la Política que comienza:

Siendo pues ahora manifiesto de que elementos se compone la ciudad, es necesario hablar en primer lugar del régimen familiar, ya que toda ciudad consta de familias. En el régimen familiar pueden distinguirse ciertas partes correspondientes a las partes que consta la familia; ahora bien, la familia completa se compone de esclavos y libres. En todo objeto de investigación deben buscarse ante todo sus más simples elementos; y los primeros y más simples elementos de la familia son el señor y el esclavo, el marido y la mujer, el padre y los hijos. Debemos pues considerar que es y como debe ser cada una de estas tres relaciones, digo la heril, la conyugal (aunque el vínculo mismo entre marido y mujer carece de nombre), y en tercer lugar la relación entre marido y mujer carece de nombre), y en tercer lugar la relación que resulta de la procreación (por más que tampoco haya sido designada con nombre especial).” (Ibid. p:159)

Claramente la conveniencia de los pares de opuestos resulta muy conveniente para analizar este pasaje. El aspecto interesante que se nos revela aquí es que existen tres criterios para establecer el juego de pares opuestos que encontraremos en la familia, ese elemento o unidad, de la que se compone la ciudad. El primero ya le hemos mencionado y lo hemos expuesto mediante el ejercicio de la escala. Concretamente, la relación señor esclavo, el criterio del mando. La segunda, el marido y la mujer y la tercera distinción o criterio es la padres e hijos. Estos criterios nos permiten hacer tres distinciones, tres formas de establecer pares de opuestos dentro de la misma unidad o parte, que es la familia. Pero como hemos podido comprobar mediante el ejercicio anterior, la series de opuestos necesitan una distinción que los oponga dentro de ciertos parámetros de rechazo en torno a un aspecto presente dentro de las partes que se distribuyen a lo largo de este continuo que va desde la mayor cantidad de algún atributo hasta la ausencia del mismo. Esto se resuelve con facilidad en dos de los tres pares. Estos son el caso de los libres y los esclavos, o el señor –atributo, que como hemos podido apreciar anteriormente, no es atribuible exclusivamente al varón, por lo menos dentro de los civilizados– y los esclavos; y el de los padres e hijos. En los dos casos, existiría un elemento que se presenta de igual forma, pero de manera distinta en estos dos pares. La autoridad marca uno de los criterios de oposición en estos dos pares. Lo que diferencia al par padres/hijos, del par libres/esclavos, es que en el primero también se distingue una relación de continuidad, de discontinuidad en el tiempo, de transitividad, marcado por el atributo generador/generado ó engendrador/engendrado. Este aspecto es crucial ya que hace alusión a un elemento indispensable para la familia. Tan indispensable como la tercer distinción mujer/hombre, mujer/marido. En este caso esta oposición puede ser la que despierte mayor interés dentro de este trabajo. Esto puede ser así, más por los interrogantes que esto plantea, que por las certezas que nos brinda. Estos tres puntos podrían ser examinados inconexos, o como puntos trazados a lo largo de una misma recta, o distribuidos en un plano y estableciendo figuras geométricas como el triángulo. Esto simplemente nos daría un plano de referencia para encontrar relaciones o vínculos entre estos puntos que completan una figura geométrica. Esto implica pensar el elemento hombre/mujer en relación padres/hijos. En este sentido, este último par de opuestos puede ayudar a encontrar las diferencias en el par mujer/hombre. Esta diferencia es en definitiva, la completa oposición en la naturaleza de cada una de las partes mujer/hombre en el proceso de procreación, es decir, del establecimiento del par padres/hijos. La oposición respecto a la concepción es muy clara. Uno de los elementos del par posee la capacidad de dar a luz, el otro la carece por completo; pero no es hasta que se hace efectiva la unión de estos opuestos que son posibles los otros pares que completan la tríada.

Pero aún queda sin resolver lo que hace a una distinción más fundamental que es la que existe entre la ciudad y la familia.

“Hay aún parte del régimen familiar, que en opinión de algunos parece confundirse con el régimen en total, en tanto que la consideran como su parte más importante. A reserva de dilucidar este punto diré que entiendo referirme a la llamada crematística o adquisición de bienes”.

Se rompe el orden metonímico en torno a la familia y la ciudad, separándolas en base a las especificidades de las partes. El rasgo específico de la familia que logra diferenciarlo de la ciudad, es que este ámbito, la familia, es el dedicado a la crematística –a veces representada como la economía doméstica– que está ligada a la adquisiciones de bienes.

Quedaría descubrir la especificidad de ese otro orden, el de la ciudad, la polis, el Estado. La propiedad es un elemento clave en este juego. La casa misma, condición de la familia, es una propiedad.

“De lo anterior resulta manifiesto [lo expuesto en las citas y la discusión entre la relación amo esclavo, bestia, animal con o sin alma] que no es lo mismo el señorío despolítico que el político, como no son tampoco idénticas todas las formas de gobierno, según afirman algunos. El señorío político se ejerce sobre hombres libres por naturaleza, el despolítico sobre los naturalmente esclavos y el régimen familiar es una monarquía (pues toda casa está bajo un solo señor), mientras que señorío político es el gobierno de hombres libres e iguales.”

El aspecto que hace posible trazar un surco divisorio entre estos dos ámbitos, es como hemos dicho en el caso de la familia, es el espacio para la convivencia cotidiana y la acumulación y salvaguarda de los bienes, mientras que en el otro ámbito rige la política. Esto no es algo que se pueda descubrir con facilidad. Para ello será necesario seguir trabajando en torno a las diferencias de la ciudad y la familia y como es que la naturaleza se manifiesta o funciona en cada uno de estos ámbitos.

“Por esto se ve claro que el comercio al menudeo no es naturalmente una parte de la crematística, pues de lo contrario hubiera sido necesario proceder al cambio aun para satisfacer estrictamente a las necesidades mutuas. En la primer comunidad (y esta es la familia), el cambio no tiene función alguna, sino solo cuando se trata de una comunidad más numerosa.”

“…los hombres no los hace la política, sino que se sirve de ellos como los recibe de la naturaleza la que debe suministrar los medios físicos de subsistencia, tierra mar, o lo que fuere…”

Esto dejaría claro que existen naturalezas distintas en estos dos ámbitos y que esta se puede apreciar en la manera en que se realizan los intercambios que hacen al funcionamiento de estas unidades. La forma del intercambio no es el mismo dentro que fuera de la familia. Los intercambios fuera de la familia, tienen tal vez más que ver con la conquista, dominación y domesticación de un afuera, la naturaleza, lo que demanda y nos acerca a este elemento central que es la política.

Pareciera que la política y la crematística podrían funcionar, nuevamente, como un par de opuestos. Una forma apropiada de establecer este par de opuestos sería el de propiedad/público. Nuevemente, esto nos propone un juego de presencia/ausencia en torno dentro del par. Pero no se encuentra evidencia de esto hasta el punto IV, donde se habla del aspecto práctico de la crematística, concluyendo:

Sería pues útil que los políticos conocieran de estas cosas, ya que en muchas ciudades de –lo mismo que en una familia, aunque en grado mayor– hay necesidad de recursos y consiguientemente de expedientes para arbitrárselos. Por esto ciertos políticos no dedican sino a este asunto su actividad” (Ibid. p:169.)

Lo indisociable se hace presente. Ser político no es lo mismo que ser señor de un hogar, sin embargo, hay elementos del señor del hogar que resultan útiles para el político.

En el punto V del libro primero, se abre recapitulando este aspecto que hemos tratado anteriormente:

“Tres son pues, como hemos visto, las partes del régimen familiar; una la del señorío sobre el esclavo, (..) otra la paterna, y la tercera la conyugal. Al jefe de familia corresponde, en efecto, gobernar a su mujer y a sus hijos (y si bien a una y otros como a sujetos libres, su mando no es, con todo, del mismo modo, sino que sobre la mujer es como el magistrado de la república y sobre los hijos como monarca absoluto). El macho está naturalmente mejor dotado que la hembra para el mando (…).(Ibid. p:169.)

A partir de este punto logramos empezar a resolver algunas de las cuestiones pendientes respecto al lugar ocupado dentro de las jerarquías por los varones. Queda en manos del macho dominar dentro de estos tres aspectos, conformado por cada uno de los vértices del triángulo que hemos trazados anteriormente y que son retomados nuevamente en esta cita. Es decir, en la relación señor esclavo –de la que provenía la escala donde el buey ocupaba el lugar inferior– en varón, es el que ocupa el puesto más alto en la escala de mando, de la misma manera que en las restantes dos relaciones o pares, mujer/varón y padres/hijos.

Pero esto no así por simple capricho. La naturaleza es la que establece estas distinciones. Evidencia de esto se encuentra cuando:

“...todos los que hemos dicho tienen virtud moral, pero que no es la misma la templanza en la mujer y en l varón, ni tampoco la valentía y la justicia (…) Hemos de pensar, por tanto, que a cada cual se aplica la virtud, tal como de la mujer dijo el poeta:

El silencio es el ornamento de la mujer” (Ibid. p:171.)

Existe un fundamento moral enraizado en la virtud que establece por naturaleza este orden de cosa. El lugar de la mujer es el que le corresponde en relación a esta virtud o la falta de ella, es el de la pasividad. En términos del poeta, la virtud de la mujer es el silencio. Una traducción más actual de esto mismo sería decir que la mujer es buena en tanto sepa mantener el silencio.

De esta manera será importante saber mantener esta virtud dentro de lo doméstico para conseguir este mismo bien en la ciudad.

En lo que se ve a las relaciones entre el marido y la mujer, entre los hijos y el padre, la virtud propia de cada uno de ellos, que es lo que está bien y que no está bien en el trato recíproco, y cómo hay que perseguir el bien y huir del mal, son tópicos que necesariamente habrán de examinarse al discutir las varias formas de gobierno. Toda familia, en efecto, es parte de la ciudad, y como aquellas relaciones pertenecen a la familia, y como además la virtud de la parte debe mirar a la del todo, menester es que la educación de los hijos y de las mujeres se haga mirando a la constitución política, si es que importa a la ciudad virtuosa y el que sean virtuosos nuestras mujeres.” (Ibid. p:171.)

Así, como final del libro primero, se anticipa un elemento central de la obra, que necesita y hace uso de la familia como elemento argumentativo, que es la constitución. A forma de adelanto, la relación entre la constitución y la familia, pasa por la noción de ley en tanto organización y despliegue de las formas. En otras palabras, de cada una de las formas de constitución, se esperará una forma de familia acorde, o que haga posible dicha constitución. La familia se articula dentro de la Política para presentar una unidad donde por medio de operaciones simples se pueda establecer una unidad superior con una forma determinada. Esta forma específica de Estado o ciudad, será impuesto o determinado por la familia.

Esto nos obliga a avanzar al libro II, donde se comienza a discutir estas cuestiones. En este libro se hacen referencias explícitas a las posturas de Sócrates respecto a la convivencia de los guardianes, en definitiva, sobre la organización del Estado y la familia. Pero preferentemente retomaremos estas cuestiones cuando llegue el momento de entablar el diálogo con Platón y establecer un nuevo par de opuestos. Más allá de estas referencias a la familia encontramos en el libro segundo de la Política que:

La familia, en efecto, es más autosuficiente que el individuo y la ciudad más que la familia; ahora bien, la ciudad asume su carácter de tal cuando llega a ser autosuficiencia, más deseable será un grado menor de unidad antes que otro mayor.” (Ibid. p:174.)

Avanzamos en un terreno ya trabajado, que son las distinciones, en este sentido vemos nuevamente de que nos podemos servir para encontrar las diferencias entre la familia y la polis. Pero en este caso también nos encontramos frente a una tríada formada esta vez por el individuo, la familia y el Estado. El ordenamiento de estos tres elementos estaría dado en torno a la capacidad de autopóiesis, de reproducción autosuficiente. Dentro de esta escala, el Estado es el ámbito de mayor libertad, mientras que el individuo es el de mayor dependencia.

U comentario, extraído de una argumentación auxiliar, pero que resulta de todas formas relevantes al trabajo revela que:

Hay incluso ciertas mujeres, y así mismo ciertas hembras de otros animales, como yeguas y vacas, que tienen una fuerte tendencia natural a producir críos semejantes al macho progenitor, como la yegua farsálica llamada justa.

No será fácil, además, para quienes pretenden instaurar una comunidad semejante, precaverse contra otras contrariedades, tales como injurias, homicidios, así involuntarios como voluntarios, riñas e insultos; delitos particularmente impíos cuando se cometen contra los padres, las madres o los parientes más inmediatos, a quienes se trata como si fuesen extraños. Pero necesariamente estas ofensas habrán de ocurrir más frecuentemente cuando se ignoran las relaciones familiares que cuando se conocen” (Ibid. p:177.)

Si debiéramos resumir el valor ilocucionario de lo presentado en este pasaje, que la hembra, independientemente de la especie a la que pertenezca, es un ser de cuidado, por lo que se debe ser selectivo respecto a ellas, ya que de esta depende alumbrar un varón que de muestra de la virtudes de su procreador.

Como mencionamos anteriormente, el libro segundo de la Política refiere o polemiza con la obra de Platón. En este sentido encontramos:

“No deja de sorprender además que Platón, después de haber instaurado la comunidad de hijos entre los mayores de la ciudad, se limite a impedir el comercio sexual entre mayores y jóvenes, pero sin prohibir el amor ni las otras familiaridades que son el colmo de la indecencia cuando tienen lugar entre padres e hijos o entre hermanos, puesto que ya lo es el solo amor de este género. Y es igualmente extraño que prohiba la unión sexual no por otra causa que por la excesiva violencia del placer que vendría, y que vea como circunstancia indiferente el que los amantes sean padres e hijos o hermanos entre sí. La comunidad de mujeres e hijos parece más acomodada a los labores que no a los guardianes de la ciudad, ya que siendo comunes los hijos y las mujeres habrá menos concordia entre aquellos, como conviene que sean los miembros de la clase subordinada a fin que obedezcan y no armen revoluciones. En suma, pues una ley de esta especie traerá necesariamente el resultado contrario del que debe producir una buena legislación, y por cuyo motivo juzgó Sócrates necesario estatuir estas provisiones en lo tocante a los hijos y las mujeres. (…) y como consecuencia de semejante comunidad, necesariamente se aguará la amistad, y jamas dirá “mío” el hijo al padre o el padre al hijo; pues así como un poco de vino mezclado con mucho agua hace la mezcla insípida, así también será con el parentesco basado en tales nombres, ya que en la república platónica no habrá en absoluto necesidad de que el supuesto padre cuide de los hijos o el hijo del padre o los hermanos unos de otros.” (Ibid. p:175–176.)

Esta crítica directa a Platón se completa y su noción de guardián, que implica la convivencia en comunión de mujeres e hijos, se completa de la siguiente manera:

“(…) pues tanto los hijos de los gurdianes donados a una clase ciudadano inferior, como los que de esta clase hayan pasado a la de los gurdianes, no llamarán ya hermanos, hijos, padres y madres a los demás ciudadanos, y no habrá para ellos, en la comisi`´on de aquellos actos, el freno moral de parentesco”.

En el punto II del segundo libro, retoma un aspecto relevante a la cuestión de la familia y la pertenencia a un grupo determinado dentro de la polis o su clase.

“(…) la propiedad, y de que modo hay que organizarla entre los ciudadanos quen de ser regidos por la mejor forma de gobierno. ¿Debe ser la propiedad común o no no común? Esta cuestión puede considerarse aparte de lo que la ley disponga sobre los hijos y las mujeres. Quiero decir que aun en el caso de que las familias estén separadas, según hoy el uso general, todavía podemos preguntarnos si no será mejor el que la propiedad y su uso sean comunes”

Como ya comentamos, será mejor dejar que Platón mismo responda a esto en el próximo punto de este trabajo. Nuevamente en un trabajo de síntesis en la que intentamos rescatar la esencia del texto mediante conclusiones simples y cortas, podríamos decir que la posición de Aristóteles en relación al modelo propuesto por Platón es muy claro. Este tipo de prácticas donde existe la comunidad de la propiedad, de las mujeres y de los hijos, se puede encontrar entre los bárbaros.

“La falacia de Sócrates hay que atribuirla, como a su causa, a la incorrecta noción de unidad de que parte. De algún modo debe ser una tanto la familia como la ciudad, pero no en todos sentidos.” (Ibid. p:178)

El método ante todo. El comienzo que propusimos para el análisis de Aristóteles aquí se revela de voz del mismo autor, que reconoce que estableciendo unidades equivocadas se llegarán a conclusiones erróneas. Ya tendremos oportunidad de establecer las unidades en Platón.

En el libro tercero, está dedicado en su extensión al estudio sistemático de las distintas constituciones conocidas. Esto nos aproximaría tangencialmente a nuestro tema. Esto nos podría servir para ver un cuestión relacionado a los derechos y a la pertenencia, que adquiere relevancia porque es necesario saber a quien es aplicable la constitución. En este sentido el alcance de la constitución, algo propio de la ciudad, está, en algún punto, demarcado por la familia.

Llamaremos, pues, ciudadano al que tiene derecho a participar en el poder deliberativo o judicial de la ciudad; y llamaremos ciudad, hablando en general, al cuerpo de ciudadanos capaz de llevar una existencia autosuficiente.

En el lenguaje usual, sin embargo, la ciudadanía suele limitarse a aquellos cuyos padres son ambos ciudadanos y no solamente uno de ellos, es decir el padre o la madre; y hay aún quienes tratan de extremar este requisito, retrotrayéndose, dos, tres o más generaciones.” (Ibid. p:198.)

El ciudadano es entonces, el hijo de otros ciudadanos. Esto se convierte en un punto de interés para descubrir una de las funciones que cumple la familia –como unidad– dentro de este todo más autosuficiente. Esa autosuficiencia que vive el Estado es otorgada por la familia.

El libro segundo no tiene mucho más para ofrecer de interés respecto a este tema. En libro tercero, en el punto II, volvemos a encontrarnos frente a un juego de pares opuesto dentro de los elementos que componen la ciudad.

Además, la ciudad se compone de elementos distintos, como concretamente el viviente de alma y cuerpo, y el alma de razón y apetito, y la casa de varón y la mujer, y la propiedad supone el señor y el esclavo” (Ibid. P: 200.)

Las referencias a lo femenino se vuelven más eventuales, a medida que en los libros tercero y cuarto se dedican al estudio de las constituciones y las desviaciones que en estas encontramos. En este sentido las menciones son escasas, pero cuando aparecen resultan indispensables –ya que su naturaleza (dentro de este juego retórico)– no les permitiría estar allí si no fuera para mencionar algo donde lo femenino o la familia jugara un papel relevante.

En la primera parte de este tratado, al definir lo relativo a la autoridad en la casa y sobre los esclavos, hemos dicho que el hombre es por naturaleza un animal político; por lo cuál, y aunque no necesiten de ninguna ayuda recíprocra, no por ello es menor en los hombres el apetito de convivencia.

(…) del señor por naturaleza, con todo ello, se ejerce primariamente en interés del señor, aunque accidentalmente también en el del esclavo, pues no es posible conservar el señorío si el esclavo viene a perecer. Por otro lado, el gobierno de los hijos, de la mujer [y de toda la casa, al que llamaremos administración doméstica], se ejerce en interés de los gobernados o por algún interés común a ambas partes, pero esencialmente en bien de los gobernados, como lo vemos en las demás artes (…)”(Ibid. p:203–204)

Esto revela donde se encuentra una relación importante entre la familia y la ciudad, el interés. Podríamos entender interés como conveniencia, pero independientemente de esta sugerencia, es evidente que el Estado consigue apoyo o aliados en las familias, que serán las encargadas de velar en un ámbito cotidiano, por el respeto a la ley que dicta la misma constitución. Lo que hace efectivo este funcionamiento es el interés. Esta ley dictada por la constitución, que rige en el ámbito de la libertad, o de la autosuficiencia, se aplica a los ciudadanos, quienes son los más vulnerables y dependientes, que recurren a la familia para saciar necesidades inmediatas y para atesorar, guardar efectivamente, pertenencias y propiedades, que serán los medios de producción de estas necesidades domésticas. Toda esta operación está mediada por una forma concreta de constitución, que dará a este complejo, una forma determinada.

En libro cuatro, que busca superar los casos estudiado en los anteriores dos plantea que:

“(…) la misma ciencia corresponde considerar cuál es la mejor constitución política y qué carácter debe tener de acuerdo con nuestro ideal si ningún factor externo lo impide, como también cuál es la que puede adaptarse a tal pueblo

Pero no es sino hasta el punto III de este libro cuarto que se menciona alguno de los elementos con los que hemos venido trabajando hasta aquí.

La causa de que haya varias formas de gobierno es que en toda ciudad hay cierto número de partes. En primer lugar vemos que toda ciudad está compuesta de familias; y después, que de este conglomerado unos son necesariamente ricos, otros pobres y otros de clase media, y que os ricos están armados y los pobres sin armas. (…)

Pero además de las diferencias por la riqueza, están las que se fundan en el nacimiento o en la virtud, y cualquier otra distinción similar, si la hubiere, y que constituye un elemento de la ciudad, como hemos dicho al hablar de la aristocracia (…)”(Ibid. p:222).

El elemento valioso en este cita –entre otros– se encuentra en la mención a la aristocracia. Este tipo de constitución, o el Estado que es regido según este régimen, genera un tipo particular de partes o una distribución particular entre estas partes que son las clases. Como bien es mencionado en el pasaje, la distribución en estas clases está dada por la familia, de manera que la pertenencia a la clase está establecido por esta unidad. En la aristocracia, existen ciertas partes de la ciudad que están reservadas para ciertas familias y eso es algo que se establece a través de una constitución determinada.

Este aspecto presente rasgos interesantes, cuando en el punto V, continúa con este fenómeno, pero en su caso corrupto que es la oligarquía.

Otra forma de oligarquía es aquella en que el hijo sucede al padre en sus funciones gubernamentales; y una cuarta cuando rige también este sistema hereditario, pero no impera la ley, sino los gobernantes. Y esta forma es la que corresponde entre las oligarquías a la tiranía entre las oligárquicas, y entre las democracias a la ultima forma de que antes hablamos. Una oligarquía de esta especie recibe el nombre especial de dinastía” (Ibid. p:226.)

Esto no hace sino reforzar lo dicho en torno a las relaciones y vínculos entre la ciudad y la familia y como cada constitución o forma de Estado logra amoldar –o a amoldarse– a una forma familiar particular.

La segunda forma de oligariquía, en cambio, surge cuando los propietarios son menos que en el caso anterior y es más lo que poseen; pues como son más fuertes, reclaman mayor participación, y son ellos, por tanto, lo que eliggen de entre los demás a los que llegan al gobierno, pero como no son aún tan fuertes como para poder gobernar sin la ley, promulgan una ley a este efecto” (Ibid. p:227.)

La familia es también un mecanismo que hace efectiva a la constitución al custodiar, en el momento más intimo, a la ley. Se podría decir que a ese lugar donde el Estado no llega o no alcanza, la familia refuerza ese alcance y lo hace efectivo mediante el sometimiento a la ley. Este sometimiento o respeto a la ley, presenta una estrecha relación con la educación. La familia es también un medio transmisor de esa ley que hace efectivo los tipos específicos de constituciones.

En el libro sexto, se habla específicamente de una categoría que hemos estado utilizando esporádicamente hasta ahora: la libertad. Esto nos dará la oportunidad de actualizar ese uso propio con el que pretende el autor.

La libertad es el principio fundamental de la constitución democrática. Esto es lo que acostumbra decirse, implicando ello que sólo en este régimen político pueden los hombres participar de la libertad, y a este fin apunta, según se afirma, toda democracia.

(…) la libertad es el alternarse en la obediencia y el mando, y en efecto, la justicia democrática consiste en la igualdad por el número y no por el mérito, y siendo esto lo justo, de necesidad tiene que ser soberana la masa popular y estimarse como final y justa la decisión de la mayoría” (Ibid. p:261)

Esto simplemente aclara que libertad es aquello que existe en los Estados democráticos –quedandonos “chica” ya la noción de Estado o ciudad a secas– .

Continuando el rastreo llegamos hasta el libro séptimo, donde aparece presente un elemento trabajado a lo largo de este trabajo y aunque no haga referencia directo a lo femenino, sirve como bisagra, punto de inflexión para establecer uno nuevo par de opuestos.

“(…)que tengamos que ponernos de acuerdo sobre cuál es la vida más deseable para todos en general; y después, si esta vida es la misma para la comunidad y para el indivuduo, u otra distinta” (Ibid. p:278)

En el libro séptimo dos elementos, en alguna manera relacionados a la familia –aunque se manifiestan en un nivel más agregado, el de la polis– el problema de la comunicación con el mar (punto V p. 284) y la cuestión de la guerra (punto VI, p. 286). El aspecto común en estas cuestiones es la del límite. En sí mismo la familia, como la ciudad es una unidad que tiene cierre, un adentro y un afuera. En este punto –desde la virtud– se trata el problema de los límites, o cuál es la mejor manera de tener contacto con el afuera. En el punto V del libro, la cuestión de la comunicación con el mar, presenta el problema de la inmigración y el contacto con el otro, lo que se presenta como un elemento controversial. El punto siguiente, el VI, plantea el problema de la guerra, basada en cuestiones de expansiones territoriales, es decir, relacionado a la cuestión de mantenerse dentro del espacio propio. En torno a esto –poniendo por sobre todo un valor “nacional” helénico– plantea:

“(…) la fuerza del alma la que nos hace amar; y la prueba es que nuestro ánimo se subleva más contra los familiares y los amigos que no contra los desconocidos, cuando nos creemos menospreciados. Por esto Arquíloco, increpando a sus amigos, dialoga con toda propiedad con su ánimo en estos términos:

“Eran tus amigos los que hacían estallar”

De esta facultad además nace en todos la condición dominante y libre, porque el ánimo es algo dominador e invicto. En cambio no está bien decir que los guardianes deben ser ásperos con los desconocidos. Con nadie se debe ser así, y los hombres de natural magnánimo no son fieros sino con los hacedores de injusticia, y esta pasión la sienten más aún, como hemos dicho, son sus familiares o compañeros si estiman haber recibido de ellos injusticia. Y es razonable que así ocurra, puesto que considerándose acreedores a sus beneficios, no sólo se estiman privados de ellos, sino que además reciben daño.

De aquí que se haya dicho:

“Duras son las guerras entre hermanos”;

y también:

“Quienes aman con exceso, pueden también odiar con exceso”. (Ibid. p:294.)

Nuevamente se dificulta la distinción entre adentro y afuera, y el caso de la guerra y sus causas –el amor devenido en odio– al plantear la guerra entre hermanos. Según lo que podemos tomar del desarrollo del argumento, la guerra es algo que hace el Estado, sin embargo, la guerra aquí es presentada entre hermanos, es decir, al interior de la familia y entre uno de los pares de opuestos que forman parte de este cuerpo, los hermanos. Tal vez el término hermanos, más que hacer alusión directa a esa posición, a esa parte, la de hermanos, tiene el fin de plantear que la guerra se libra entre pares, hermanos; lo que presenta una visión interesante y pacifista.

Saltando al punto XIV del libro séptimo se habla sobre el papel que debe tomar el legislador sobre la familia. En este sentido se propone:

Siendo pues deber del legislador el mirar desde el principio por que los cuerpos de los educandos estén en las mejores condiciones ha de preocuparse en primer lugar por la unión conyugal, y del tiempo y condiciones en que el hombre y la mujer deben tener relaciones sexuales” Esta legislación se puede resumir en que: “(…)la unión conyugal haya un intervalo de edades correspondiente para la procreación de la prole. En todas las especies animales son imperfectos los frutos de padres jóvenes, de estatura pequeña y por lo común de sexo femenino, y necesariamente tiene que ocurrir lo mismo en la especie humana” (Ibid. P:296.)

Este mismo punto, de forma muy similar –a pesar de las diferencias– es tratado en el próximo texto, la República de Platón, presentando una postura muy similar. El principal argumento en los dos casos es la crianza. Esta actividad requiere una gran dedicación de los padres y para asegurar que estos sean aptos y no descuiden la tan laboriosa tarea de educación de los hijos, elemento fundamental para la supervivencia de la ciudad.

En ambos casos se hace proscripciones muy específicas. En este caso solo vale la pena presentar la propuesta de Arsitóteles, ya que esta nos revela algo más que la cuestión fundamental del cuidado de los hijos y la seguridad de la provisión de nuevos cuerpos para el cuerpo colectivo y plural de la polis.

A las mujeres, por tanto, les conviene casar hacia los dieciocho años, y los hombres hacia los treinta y siete o poco antes; de este modo tendrá lugar la unión cuando los cuerpos están en todo su vigor y coincidirá oportunamente el tiempo en que cesa para ambos la generación. Sus hijos, además –si nacen como es lógico, luego después del matrimonio de sus padres– les sucederán cuando a su vez estén llegando a su plenitud, y para sus padres, en cambio, haya caducado el vigor de la edad hacia los setenta años.”

Podríamos plantear que el contenido de este pasaje es totalmente contingente en términos de que las edades propuestas por Aristóteles responden más cuestiones prácticas y demográficas de la época. A pesar de esta observación, no podemos dejar de prestar atención entre las diferencias de edades, que independientemente de las magnitudes absolutas presentadas en el texto, muestran que el hombre debe ser claramente más maduro que la mujer. La diferencia de edad propuesta es considerable, aún así, este es el punto de encuentro y la paridad que se establece entre este par mujer /hombre.

Uno de los últimos comentarios y pasajes que restan de esta obra respecto a lo femenino, la mujer y la familia está relacionado a lo que no se puede mostrar ni en la familia ni en la polis. Esto tiene en parte el estatuto del secreto, o tan solo de aquello que no puede ser mostrado.

Con respecto a la exposición o crianza de los nacidos, debe prohibirse por ley la crianza de los hijos deformes; pero por otra parte, y donde se presente ese problema del número excesivo de hijos y su exposición estuviere prohibida por la costumbre, debería fijarse un límite a la procreación; y si algunos tuvieren hijos por continuar sus relaciones más allá del término establecido, deberá practicarse el aborto antes que se produzcan en el embrión la sensación y la vida, pues la licitud o licitud de que el acto se definen por la sensación y la vida

Resulta indecente –por ley– mostrar lo que no puede ni debe ser mostrado. Aquellos llamados desformes, aquellos que presentan diferencias y pongan en riesgo la unidad de lo igual, lo comparable y repetible, debe ser ocultado, excluido. No se puede criar –integrar– a esta comunidad– un ser que no logre adquirir los rasgos tan prolijos de una continuidad que varia constantemente dentro del marco de las oposiciones que hemos mencionado. El aspecto interesante que presenta esto es que el problema de lo inmostrable/indecible, que se da en el ámbito de la familia, es establecido por una ley superior a esta, y responde a una exigencia del Estado más que de la familia.

Para ir cerrando mediante una referencia encontrada en el libro octavo, el último de la obra, comienza diciendo:

Nadie pondrá en duda que el legislador debe poner el mayor empeño en la educación de los jóvenes (Ibid. p:301.)

Esta cita adquiere relevancia si concluimos de todo este análisis –teniendo en cuenta la obra de Aristóteles como un todo y ya no a partir de los retazos de texto que supimos traer aquí– que esta obra –al igual que la de Platón– tiene por fin encontrar un régimen ideal para el funcionamiento de la ciudad, el que está íntimamente ligado a la familia –ya que presentan aspectos metonimicos, pudiendo considerar las partes iguales al todo.

El aspecto valioso de esta obra no es solo la búsqueda sino el camino práctico que propone para conseguir las formas que Aristóteles considera para adquirirlas.

En otras palabras, las dos obras aquí presentadas plantean un modelo político y un programa de implementación. Esto es, propone un Estado y los pasos –meticulosamente desarrollados– para alcanzar esta forma. En este sentido encontramos elementos de una retórica didáctica muy fuertes a lo largo de la obra y esto se evidencia en nuestras muestras, a través de la importancia que se le presta a la educación de los hijos. En definitiva, la familia resulta un elemento en el cuál Aristóteles puede operar con facilidad sobre las partes.

Aquí es donde aparece la cuestión que nos interesa de este texto, que es la mujer. La mujer, aunque parte de la casa y claramente subordinada al varón, se presenta como parte indispensable de este diseño.

Lo femenino, existe implícitamente en este texto, de la mano de la necesidad. La mujer no aparece con un presencia completa, sino en términos de parte. Aunque es considerada un libre, que tiene poder sobre el esclavo y los hijos, debe someterse a la misma ley que le otorga esa autoridad al someterse al varón.

Pero Aristóteles no trata nada al azar y es la naturaleza la que establece estas jerarquías. La cuestión será entonces trabajar eso que queda vacante en su obra, la naturaleza de lo femenino.

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2 comentarios

Archivado bajo Crítica, Filosofía, Literatura, Política

2 Respuestas a “Lo femenino, la mujer y la familia en la polis en la Política de Aristóteles

  1. mntse

    mmmmm no se da a entender y es mucha informacion

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