Historia a Contra-pelo y para la vida

Desde donde destruir la historia? / Desde donde construir la post-historia?

Una de las características de las filosofías que se mueven en torno al “post”, que se ganan este adjetivo, este prefijo, es cuestionar la misma estructura, aquello que le da unidad a una episteme, a un campo unificado, a un relato único, la historia. Este “post’, estar o ser algo posterior, algo que acontece a continuación, después de algo.

Así como el post-estructuralismo, no como una teoría estructurada, sino como el trabajo autónomo de una serie de filósofos en torno a la teoría dominante de su tiempo: el estructuralismo. Los trabajos de Foucault, Derrida y Barthes, en algún sentido logran historizar -o deshitorizar- una teoría que le daba sustento al pensamiento social, prácticamente todas las disciplinas  -antropología, lingüística, literatura, sociología, psicoanálisis, historia- habían adoptado el estructuralismo como marco teórico de fondo.

El lujo de estos pensadores, de poder pensar esos procesos sociales por fuera de la estructura, el esquema brindado por el estructuralismo, en un tiempo donde esas mismas ideas agenciaban, desde las instituciones, desde el poder, que había logrado encerrar en la estructura, la posibilidad del ser. En la estructura  no hay ser, no hay acontecimiento, sino comportamiento en tanto repetición y diferencia, en tanto probabilidad estructurada (que cuenta con el margen de error para terminar, completar de forma perfecta, este aparato imperfecto).

El gesto subversivo de desensamblar el aparato del estructuralismo, desde dentro (Barthes), desde el margen (Derrida) y desde afuera (Foucault) brindan un espíritu renovado para ver esa misma realidad social -que antes se encontraba atrapada en la estructura- como una contingencia de la literatura y los relatos que como la historia pretender construir una trama que brinde unidad y sentido, permitiendo desarticular el logos y el punto de vista totalizante. Esto les permitió hacer historias de todo tipo de cosas, la escritura (la gramatología), de la locura, de la clínica, de la sexualidad, de las prisiones, y por sobre todo, del estructuralismo. La crítica, acaso la historia que hacen estos pensadores del estructuralismo es un acto, una proeza de desafío y valentía. Mirar al estructuralismo -en su momento de plenta vigencia- como lo hace la historia, observando los acontecimientos ya muertos, desde su ruinas (en este caso aún habitadas) . Este gesto de descontesxtualizar, extranarse de lo presente, rastreando su origen, (como en una genealogía), mirar lo que está ante uno, como un resavio del pasado, como un ente, un fantásma, que necesita de una cobija, vieja, ya usada, para animarse y manifestar una forma bajo la vieja careta. Esto no es tanto destruir como desmontar el andamiaje que constituye el escenario en el que se interpreta esta drama.  Esto es mirar con un nuevo sentido, el objeto o la histaria, ya no como un expactador dispuesto, sino como un dramaturgo crítico, atento a los efectos, al trazo y sus dispositivos. Esto es, no ver la historia, la obra de teatro, como un relato sino como un montaje una producción. Para este nuevo punto de vista el verdadero espectáculo es el montaje, la producción y puesta en escena de esta obra y no el relato. Esto, en sí, es secundario, una sustancia que vale solo como un dato en sí, la evidencia de esa puesta en escena.

En este sentido, de todo este movimiento podríamos aprender un acto, tal vez inutil, de construir una historia ya no de los relatos, una historia de los montaj que nos permita ver en cada momento las técnicas, los dispositivos, los estilos, las temáticas, delas distintas tragedias a las que asistimoss en los diferentes momentos históricos. Una historia, mas que de los cuentos, las formas y los recursos utilizados para montar y contar esos relatos.

Pero por sobre todo, la lección que aquí deberíamos aprender, es hacer historia sin estructura. Esto es volver a adoptar los mismos andamiajes que tanto trabajo nos costó desmontar, destruir. Por ello, es importante tener el valor y coraje de aceptar el abismo que presenta el vacío, un vacío que nunca está vacío del todo, que está lleno de estas estructuras, de las que debemos concientemente prescindir, para permitir que la historia se manifieste libremente y no encorsetada en un marco teórico.

Como un juego sin fin, nuestra historia es una historia de las personas en tanto es una historia de como piensa, se piensan a sí mismas, esas persona; es decir debemos ver en las personas los reflejos de las ideas, las epistemes de una época en sus acciones y las fuerzas que involucran en la construcción de ese relato del presente.

Una historia a Contrapelo propondría Walter Benjamín. Esto es una historia en sentido inverso, que se cuenta de adelante para atrás. Que construye a partir de las cristalizaciones del presente la acumulaciones del pasado. Una historia que busca la historia en el presente. Una historia que busca ganadores y vencidos para construir ese relato, de la lucha que dejó como ganadores a los ganadores y como vencidos a los vencidos. Una historia de ea lucha, de las luchas, las batallas, que le dieron el poder a los vencedores; que permitió la construicción de esos relatos en los que vivimos y de los que debemos alejarnos de forma íntima para apreciar con claridad.

La historia debería ser como una termodinámica, un ciencia de las fuerzas, presiones y resistencias que se aplican en un sistema abierto, en constante desequilibrio, en el constante caos de la apertura que siempre es reprimida por la estructura, que su ancias de poder mostrarse completa, está dispuesta a quitarle al espíritu su escencia de ser.

La historia que cuentan los vivos, no en sus palabras, sino en su mera existencia como sujetos, como expectador de esta tragedia, como parte de este andamiaje complejo del que él es parte fundamental (como expectador). La histoia que cuentan los actos y prácticas de los vivos, de los ganadores y de los relegados. Una historia que no va a las ruinas del pasado, sino que ver al pasado recobrar vida, como los fantásmas bajo las sábanas, en el presente.

Esta historia a contrapelo, este rastreo en el presente del pasado, esta ciencia de las fuerzas y resistencias de los cuerpos, debe servir a un único propósito, que por cierto, no es el de la historia que leemos. La historia debe servir a la vida. Animarla, no deprimirla, apenarla, sujetarla a las estructuras, los deseos y aspiraciones que nuestros antepasados nos dejaron, para que continuemos con este legado y agenciamiento escribiendo la historia de los muertos y no la de los vivos.

Marx, al comienzo del 18 brumario decía: “Es tiempo que los muertos entierren a sus muertos“. Es tiempo de quitarle a los muertos la historia y hacerla una historia de la vivos. La historia para la vida es una historia que por el contrario, fuera de la estructura, está más preocupada en lo que quedó abierto, sin hacer, más que en los laberintos que nos conducen al pánico y angustia. Una historia de los vivos que cuente con su voz lo que nos han dejado los muertos. Es tiempo que los muertos descansen en paz en sus lechos. Es hora de reconocer que lo único que quedan de esos muertos son los desechos de los gusanos que se alimentaron de ellos. No tiene sentido utilizar esta materia putrefacta para hacer historia.

La historia debe tener un aliento nuevo, fresco, lleno de vida. Que parta de la vida y que esté hecho para ella misma. Para que prolifere, se extienda y ramifique de las formas más variadas y singulares -que como la vida- puede dar. El relato del viviente desde su experiencia de libertad frente al futuro, como actitud constructora del presente. Una actitud destructora, desmantelante, que construye, por medio de impulsos (fuerzas) liberadoras, una historia del presente en el que el sujeto se escribe a sí mismo.

Esta historia es un proyecto solidario con la post-historia

 

 

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Archivado bajo Crítica, Filosofía

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