Sam Childers – La conciencia ahistórica

“La Historia pertenece, ante todo, al hombre de acción, al poderoso, al que desata una gran lucha y necesita modelos, maestros y confortadores que no halla en su entorno ni en su época.”

F. Nietzsche “Segunda consideración intempestiva

Un ejemplo de este proyecto de la post-historia de ver la historia desde el presente Sam Childers (el predicador ametralladora)  de la vitalidad que proviene de la conciencia ahistórica. La conciencia ahistórica, que no tiene noción de las series y relaciones, de los pactos, los distanciamientos, las rupturas y continuidades, como las condiciones de una subjetividad que posibilitan las identidades y prácticas singulares que hacen a la historia; brinda al sujeto una vitalidad que le permite actuar libremente, sin compromiso con ese presente configurado por una serie de fuerzas. Ésta conciencia ahitórica es la de Sam Childers también conocido como el predicador ametralladora, cuyo personaje fué representaddo por el cine en la película omóloga a su apodo. Sam Childers es un norteamericano de 42 anos quien después de un violento pasado como motociclista al margen de la ley descubrió al senor y transformó su vida. Por la iglesia a la que asistía conoció a un misionero con el que viajó a Sudán del Sur, país en el que pasaría la mayor parte de su tiempo por el resto de su vida, que aún continúa. Childers estableció en este país una misión cristiana en la que tiene una guardería para ninos rescatados de las guerrillas del LRA (Lords Resistance Army – Ejército de la Resistencia del Senor) en una guerra civil contra el SPLA (Sudans People Liberation Army – Ejercito de Liberación Sudanesa).

Sudán del Sur es un país que obtubo su autonomía de Sudán en 2005 y recién en 2011 -mediante un referendum aprobado por un 98% de la población- logró su independencia. En este sentido la “historia” -como período transcurrido entre estos anos- de Sudán del Sur es tan corta como la memoria de Childers que se da el lujo de actuar como si él simpre hubiera estado ahí ó como si hubiera sido absorbido por el relato sin tiempo de un pueblo sin historia de una tierra tan sumergida en la naturaleza como es el territorio africano. En ese sentido Childers es un salvaje oprimido por la civilización que encontró su resención en la barbarie de la guerra civil africana.

Sam Childers en una alegoría de las paradojas que encierra este devinr de un motociclista pandillero transformado (transfigurado) en un salvador, un predicador cristiano blanco, un guerrillero. Como la divina trinidad, Childers es la tres cosas al mismo tiempo, lo que lo hace una figura mítica y redentora, un Cristo blanco en el corazón de Africa.

Solo una conciencia sin historia podría intervenir con tanta facilidad y arbitrariedad en una situación tan históricamente condicionada como la segunda guerra civil de Sudán. Uno de los hechos paradigmáticamente históricos es la funadación de un país. Un país con un historia autónoma tan larga como la historia de redención de Childers. Un hombre que ya es parte de la historia de ese país en tanto actor y fuerza moldeadora de la tierra, el recuerdo y memoria. Porque puede que Childers haya intervenido sin conciencia histórica, pero la historia sí tiene conciencia de Childers, aunque sea de los resabios de la conciencia colonizadora que todavía persiste en las iglesias bautistas norteamericanas compuesto por el segmento demográfico blanco y conservador.

En este sentido Childers no se despoja a sí mismo de la marca de sujeto histórico (sino que se asume como sujeto histórico) pero sí despoja a Africa de esta marca de la historia. El pasaje Estados Unidos – Africa permite este desplazamiento dentro – fuera de la historia. Los Estados Unidos es una tierra donde rige la ley y el reloj del tiempo de la historia, mientras que en Africa es una tierra donde gobierna la anarquía y no tiene historia.

Africa ya ni representa el ideal romántico del buen salvaje sino la barbarie en su más pleno exponente. Africa es en esa conciencia ahistórica de Childers un territorio sin unidad de ningún tipo, ni geográfica, ni étnica, ni cultural, ni religiosa, ni linguistica, ni política. Esta fragmentación se le aparece a Childers más que como una manifestación de una singularidad que resiste a las formas de integrar diferencialmente a Africa en el discurso de la ilustración; como algo que fuera de su unidad es carente de libertad, y entonces como conciencia que no es libre debe ser liberada.

Podríamos decir entonces que Childers opera, interviene en una situación singular con una conciencia, una moral, histórica y geográficamente localizadas, que en una situación de excepción, cuando la historia se detiene, [como lo es Africa en tanto portal a una tierra sin historia] le permite actuar con total impunidad.

Este actuar tan vital, tan libre, tan creador de Childers, se basa en una creencia, la creencia en que está actuando correctamente, de acuerdo a un bien divino. El predicador actua convencido en su hacer. La fé lo moviliza. Esa creencia de estar haciendo lo correcto le permite a Childers hacer cualquier cosa, incluso actos violentos y despóticos como los que utilizan el LRA. Su fé, su creencia en el bien supremo basado en nuestro senor jesucristo le permiten proceder con toda violencia y crueldad contra sus enemigos. En muchos aspectos esta mirada arrogante y condescendiente del colonizador ilustrado que ve en este gesto dominador una ayuda necesaria para que el otro incapaz pueda alcanzar su libertad. La mirada que tiene Childers de Africa más que estar abierta a lo que realmente pasa -en terminos históricos- en una situación determinada, sino que fetichiza al negro como atrasado (en la historia), inferior, sin razón que pueda brindar una conciencia de pueblo capaz de historia.

En muchos sentidos Childers considera a los Sudaneses, acaso los Nilotic, los Dinka, los Azande -por mencionar alguna de las etnias que componen este estado trazado por esta mirada europea universalista adulta. Para Childers los ninos son su misión y su objeto. El nino cumple una doble función. Primero como sujeto ahistórico. El nino, en tanto que no tiene (como el adulto) una conciencia histórica, es el sujeto prinvilegiado para el discurso -como mirada externa que se le devuelve al sujeto- de Childers. En este sentido los ninos -de la misma forma que para el LRA- son la materia moldeable que se entrega docilmente a un relato que como práctica generará sus propias marcas que permitirán el establecimiento del recuerdo y la memoria. Por otro lado los ninos son la fuente de la fé que mueve a Childers a actuar. De las atrocidades y males que padeciera el pueblo del sur de Sudán, la que más afectó a Childers fue el sufrimiento de los ninos. De semejante injusticia, el sufrimiento de los ninos, procede la justificación de la cruzada armada de Childers. -“Cuando se trata del sufrimiento de los ninos todo es válido” afirma Childers.

La mirada fetichizadora de Childers, como un nino, crea un relato fantacioso del reverendo amatralladora. La película que se realizó basada en su autobiografía “Another Man’s war” ficcionaliza a este hombre y su labor en Sudán del Sur, aunque polémico lo muestra como un heroe redentor. Como siempre, el relato de la historia monumental magnifica algunos aspectos callando y mitigando otros. Éste relato no tiene nada para dar cuenta de la mirada compadeciente de Childers, sobre los apoyos y disensos que provoca una violencia fundamentalista como la propuesta por el predicador ametralladora.

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